en memoria de los 800.000 soldados alemanes prisioneros exterminados por los aliados occidentales

lunes, noviembre 26, 2007

El fascismo que existió realmente

Carl Schmitt.




















Una segunda objeción, que afecta a lo dicho en el archivo del 21 de noviembre, es que el fascismo existió realmente, mientras que desde la ilustración sabemos que el demonio es una pura invención de la imaginación teológica. Cierto, de ahí que la crítica tal como la entendemos deba ir acompañada del trabajo historiográfico y, sobre todo, de un expreso cuestionamiento de los supuestos metodológicos, axiológicos y políticos en que se fundamenta la ciencia histórica.

Se pondrá así en evidencia que la ideología antifascista quiere ser ante todo una narración de hechos que coloca en primer plano determinados eventos y deja otros en la penumbra, proyectando, a través de los medios de comunicación, la política y el mundo de la cultura, un amplio dispositivo de imágenes y lugares comunes de fácil asimilación psicológica (sujeto bondadoso/sujeto perverso), cuyos destinatarios no son los historiadores profesionales, sino la gran masa de los ciudadanos.

El proceso de (re)producción cotidiana de la ideología antifascista puede ser analizado como un fenómeno sociológico. La mera compresión de dicho fenómeno, su objetivación teórica, representa ya una crítica política de efectos devastadores. Bastará cotejar aquéllo que la propia historiografía admite velis nolis como un hecho probado, con el producto simbólico de las terminales mediáticas y culturales, para detectar el componente ideológico de la leyenda colectiva acuñada por la tribu occidental, o mejor dicho, como no podía ser de otra manera, por los vencedores de una guerra mundial.

Por tanto, podemos afirmar, sí, que el fascismo existió realmente, pero que para poder determinar qué fue hemos de correr el velo de la ideología antifascista que se interpone entre nosotros, ciudadanos occidentales, y la realidad histórica de unos acontecimientos que pertenecen al pasado. De ahí que un pensador nada sospechoso de fascismo, el estructuralista francés de origen judío Jacques Derrida, haya podido afirmar que "no creo que podamos todavía pensar lo que es el nazismo". Esta constatación, que es ya de por sí un escándalo -en tanto que nuestra democracia se fundamenta precisamente en el postulado que identifica no sólo el nazismo, sino el fascismo todo, con el "mal absoluto"- representa uno de los pocos gestos de valentía filosófica, si bien nimio, que podemos detectar en el mundo académico oficial posterior a 1945. Hay otros y a ellos nos referiremos a lo largo de este blog.

El fascismo existió, sin duda, pero ¿qué fue en realidad? ¿Tiene algo que ver el fascismo que nos muestra la ideología antifascista inoculada cotidianamente por los poderes públicos con el factum histórico del fascismo? Veremos que , pero que el fraude ideológico estriba menos en aquéllo que se dice, que en lo que no se dice tanto del fascismo cuanto de sus adversarios políticos e ideológicos (comunismo y liberalismo). De manera que, conviene aclararlo también, la burda estrategia negacionista consistente en minimizar la existencia de determinados crímenes de lesa humanidad es una caricatura de lo que aquí entendemos por crítica filosófica. Bajo el Tercer Reich  perecieron millones de personas y éste es un hecho cuya negación pertenece al orden de la propaganda política ultraderechista.

La cuestión es muy otra. La cuestión es cómo sucedió realmente y por qué este caso, que ha tenido sus fiscales, jueces y condenados, es remachado una y otra vez en la conciencia pública, mientras el imaginario ciudadano -cuya pasividad aterra- ignora que otros millones de personas fueron torturadas y asesinadas bajo regímenes marxistas acusadas de "fascistas" (y de otros estigmas análogos a efectos de imputación), cuando ese acontecimiento genocida ni siquiera ha sido objeto de un proceso judicial equiparable al de Nüremberg. Por no hablar de los crímenes cometidos contra el pueblo alemán, antes y después de Auschwitz, cuyas víctimas fueron civiles inocentes y prisioneros (militares) ya desarmados. O de los innumerables genocidios, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad que jalonan la historia de los Estados Unidos de América, baluarte moral de la democracia occidental, entre otros exterminios de masas y atrocidades, coloniales o no, perpetradas por países donde impera el liberalismo.

La democracia apela a la igualdad de todos los hombres como uno de sus valores legitimadores fundamentales, pero de este principio se desprende la igualdad de las víctimas. Por tanto, un genocidio conocido y ya condenado, cuya memoria se ha promovido hasta el hartazgo, ¿no debería pasar a segundo plano mientras existan otros genocidios impunes y olvidados? Mas si esto es así desde una lógica democrática elemental, choca empero con la realidad, asaz distinta, de la ideología vigente, que es nada menos que nuestra realidad moral cotidiana. Ahora bien, ¿no nos empujará este hecho a dudar, a hurgar en la llaga de cuáles son las verdaderas motivaciones del presunto "humanitarismo" antifascista?

El cuestionamiento de tales intereses, su desenmascaramiento ético y la determinación de lo que el (anti)fascismo fue realmente, representan el haz y el envés de un mismo problema.

Jaume Farrerons
La Marca Hispànica
26 de noviembre de 2007
copyright©adecaf2006
 

AVISO LEGAL

 
 

miércoles, noviembre 21, 2007

¿Justificar la ideología fascista?

Quisiera salir al paso de una primera objeción, a saber, criticar el antifascismo como ideología ¿no supone justificar el fascismo? Aunque en el futuro seguramente habrá que responder a esta pregunta en más ocasiones y desde distintas ópticas, conviene aclarar la cuestión desde el principio, pues reviste una cierta gravedad. A tales efectos voy a servirme de un ejemplo que resulte accesible a cualquier persona de cultura media y capacidad normal de razonamiento.

Respecto de la Edad Media europea se puede afirmar que la función ideológica del sistema social la desempeñaba una cosmovisión teológico-religiosa articulada entorno a la fe cristiana, en cuyo seno el mal se identificaba con un ente llamado demonio, Satanás, Luzbel, etcétera.

Evidentemente, para el poder político medieval, toda crítica de la ideología vigente a la sazón debía poder ser descalificada en los términos de esa misma ideología, por lo tanto como subrepticia o expresa actuación del mencionado ente demoníaco. La utilidad política de la ideología consiste precisamente en legitimar el orden establecido estigmatizando de antemano a los posibles opositores. Este es, por otra parte, el papel que los grupos dominantes reservan siempre a sus adversarios, a saber, la expulsión simbólica de la comunidad, que precede en ocasiones a la liquidación física de las víctimas. Por tanto, para la ideología, quien cuestione el antifascismo metafísico debe ser un solapado u oculto fascista y esperar, como poco, lo que en nuestras sociedades cabe calificar como "muerte civil", ejecutada las más de las veces en los medios de comunicación de masas, el ámbito profesional y el entorno social inmediato del afectado.

Y lo cierto es que algunos críticos, disidentes o desviados de la sociedad medieval se identificaban efectivamente con el satanismo, contribuyendo con ello a reforzar las pautas institucionalizadas de exclusión y el imaginario simbólico de las instituciones feudales. En nuestros días existe un campo político, la extrema derecha, que desempeña a la perfección el rol que las autoridades "democráticas" esperan de él, a saber, acreditar la existencia real del mal absoluto: el "fascismo".

De este ejemplo, que he simplificado al máximo con fines pedagógicos pero en el que iremos profundizando, siendo así que sus analogías con el mundo contemporáneo no se agotan en los aspectos puramente formales, podemos extraer una primera conclusión: si criticar el sistema ideológico medieval, que concibe el mal radical como "demonio", no significa identificarse de facto con ese concepto ideológico que nos coloca en el interior del entramado categorial que precisamente pretendemos deconstruir, la crítica de la ideología antifascista no equivaldrá tampoco necesariamente a una defensa o justificación de cierta presunta ideología fascista. Antes bien, la crítica deberá desembocar en la desmitificación del entero dispositivo conceptual denominado ideología, de suerte que con la ideología antifascista será "puesto entre paréntesis" el "fascismo" de la misma manera que con el dogma religioso debería haber sido cuestionada también la figura de Satán.

No tenemos que militar en el satanismo para oponernos a la religión católica. Quizá, por compasión, nos sintamos obligados a salvar de la hoguera a algunas brujas, pero sólo podremos rescatar a quien quiera salvarse. Los que pretendan luchar contra la clase política actual desde el "fascismo" deben saber que no hacen otra cosa que dar argumentos a sus adversarios, quienes se frotarán las manos con satisfacción cada vez que puedan publicar un titular de prensa sobre la última agresión a un inmigrante o la desarticulación de un peligroso grupúsculo neonazi. No sé si existe algo así como la redención por la razón para esos cultores de lo demoníaco que forjan su identidad en el sentimiento casi físico de ser odiados -más bien son despreciados- por los canallas que nos gobiernan, pero en todo caso se trata de un sano instinto de oposición desaprovechado que, esperemos, este blog contribuya a corregir, impulsándolo hacia metas más venturosas.

Concluyamos pues por hoy: en el momento en que se comprende que Satán no es el adversario de Dios, sino su más fiel ayudante de cámara, es cuando comienza la auténtica lucha contra el "antifascismo", esa mentira de las promesas utópico-proféticas que siempre ha representado el más eficaz instrumento al servicio del poder.

Jaume Farrerons
La Marca Hispánica
21 de noviembre de 2007

martes, noviembre 20, 2007

La extinción del pensamiento y la necesidad de una nueva crítica

La filosofía se define como crítica y no existe crítica que no resulte, a la postre, filosófica. ¿Crítica de qué? objetará el lector. Del poder vigente, que siempre viene guarnecido por una ideología auto legitimadora.

La pregunta crucial que todo presunto filósofo debería hacerse entonces es qué discurso desempeña en la actualidad dicha función ideológica a escala mundial. La respuesta se me antoja inequívoca: desde 1945, si en algo parecen coincidir la práctica totalidad de los depositarios del poder político es en la "maldad absoluta" -y no se trata de términos retóricos, sino literales- de un fenómeno denominado "fascismo". El trabajo de la crítica debería consistir, por tanto, en analizar esta cosmovisión antifascista desde el punto de vista de su papel en la consolidación del "poder de posguerra" planetario hasta nuestros días.

Ahora bien, por otra parte, constatamos que la ideología antifascista ha sido asumida por la propia institución filosófico-académica oficial como un postulado. A pesar de la pléyade de supuestos pensadores subversivos, escritores "malditos" y apologetas de la transgresión, no existe una sola contribución crítica a la deconstrucción del imaginario simbólico vigente. Estos implacables revolucionarios parecen más bien tigres de cartón del liberalismo capitalista. No sólo eso, con la complicidad de los denominados intelectuales de izquierdas, el vocablo "antisistema" ha devenido sinónimo de una radicalización del vector antifascista de sentido hasta extremos frenéticos, actitud "rebelde" basada en la peregrina afirmación de que el poder de posguerra sería, en realidad, "fascista". El ejercicio de esta pseudo crítica redunda así en una constante reactivación y fortalecimiento del código simbólico y de las funciones ideológicas del propio sistema oligárquico, que no en vano sostiene a estos celosos novicios de la nueva fe y, con gesto paternalista, los disculpa ante los medios de comunicación. El antifascismo de las intenciones excusaría así, al parecer, el carácter punible de los efectos (que incluyen, en ocasiones, el asesinato). De este hecho se desprendería la existencia de lo que aquí entendemos por pensamiento filosófico en un plano puramente nominal.

En definitiva, la crítica filosófica ha muerto y nuestra tarea en el presente blog consistirá en contribuir humildemente a su restablecimiento.

Jaume Farrerons
La Marca Hispànica
20 de noviembre de 2007
copyright©adecaf

lunes, noviembre 19, 2007

Galería de fotos


Comunicados



Esta entrada tiene como única finalidad emitir en los comentarios comunicados sobre el régimen de la página.