en memoria de los 800.000 soldados alemanes prisioneros exterminados por los aliados occidentales

domingo, julio 27, 2008

El fascismo que vino de la izquierda

Benito Mussolini, fundador del Fascismo.



















Fascismo=izquierda: otro escándalo y, con él, un nuevo y enorme agujero negro en el universo de la crítica, una realidad molesta que se combate con el sofisticado y honorable argumento de la sordina informativa, consistente en ignorar con todo descaro aquello que no encaje en el discurso del poder, a saber, en este caso, el factum de las raíces socialistas y revolucionarias del Fascismo. Porque Benito Mussolini, lector de Nietzsche y fundador del movimiento, fue destacado dirigente del socialismo italiano y concibió su proyecto como la continuación modernizadora y futurista del viejo ideario de Marx. Insistamos en ello y preguntemos, desde el punto de vista de la crítica, ¿cómo puede obviarse este dato iluminador con la cantinela apositiva de "fascismo, extrema derecha", auténtica impostura intelectual tanto más sublevante cuanto que se da por hecha y no menesterosa de fundamentación? Una más.

En efecto, si ayer vimos cómo, frente a la narración oficial, que identifica el "fascismo" con la "barbarie", resulta que el pensador más importante del siglo XX, Martin Heidegger, sólo puede ser políticamente ubicado en el campo fascista; si anteayer constatábamos que los más recalcitrantes apologetas de los "derechos humanos" tienen en su haber innumerables crímenes contra la humanidad y genocidios, ahora vemos que el fascismo, es decir, la extrema derecha según los medios de comunicación (hay que subrayar que para los politólogos especialistas en el tema la distinción entre ultraderecha y fascismo es una incontestable realidad que, en consecuencia, contrasta con los usos del periodismo, la intelectualidad progresista y la política), el fascismo procede de la izquierda marxista y conserva hasta el final de sus días las virtualidades simbólicas únicas, léase: nacionalismo y socialismo, que le llevaron a conquistar poder en Italia (1922) y a extender su influencia política y militar por toda Europa veinte años más tarde.

Recordemos que el programa político del fascismo (1919) resulta inequívoco, una pieza de convicción irrefutable, por ello conviene reproducirlo en su literalidad: "Convocatoria de una asamblea constituyente nacional. Proclamación de la república italiana. Descentralización y autonomías. Soberanía popular ejercida mediante sufragio universal e igualdad de derechos para los ciudadanos de ambos sexos. Extirpación de la burocracia irresponsable y reorganización de la administración estatal partiendo de cero. Abolición del Senado y de la policía política, creación de una guardia cívica. Abolición de todos los títulos de casta, manteniendo únicamente los de honor y nobleza de ingenio y los derivados de la honradez del trabajo. Abolición del servicio militar obligatorio, desarme general y prohibición de fabricar ingenios bélicos en todo el país. Libertad de pensamiento y de conciencia, de religión, de asociación, prensa, propaganda, agitación individual y colectiva... Disolución de las sociedades anónimas, industrias financieras, supresión de todo tipo de especulación de la banca y de la bolsa. Censo y reducción de las riquezas personales. Confiscación de las rentas improductivas. Pago de la deuda del antiguo Estado por parte de quienes tuvieran bienes de fortuna. Prohibición del trabajo a los menores de 16 años. Jornada laboral de 8 horas con base legal. Destierro de los parásitos que no sean útiles para la sociedad. Participación directa de los ciudadanos útiles en todos los elementos del trabajo. La tierra para los campesinos. Las industrias, transportes y servicios públicos serán gestionados por sindicatos de técnicos y obreros. Eliminación de toda forma de especulación personal. Abolición de la diplomacia secreta. Política internacional inspirada en la solidaridad de los pueblos. Milán, 23 de marzo de 1919." Así, mientras el liberalismo de Giolitti mantenía el sistema electoral discriminador del voto censitario y sexista, vemos que el Fascismo reclama el sufragio universal, la implantación de una república que ponga fin a los excesos de la corrupta monarquía italiana, la jornada de 8 horas, la prohibición del trabajo infantil (justificado, en cambio, por el propio Marx), la derogación de los derechos de casta...

En suma, una revolución socialista, pero de carácter democrático, nacional y basada en valores éticos opuestos al materialismo vulgar. Herencia ésta, pseudo proletaria y antipopular del liberalismo que había sido ampliamente superada de iure por la tercera vía del pensamiento entre positivismo y marxismo, a saber, el vitalismo, la fenomenología y la filosofía de la existencia de principios del novecientos (Nietzsche y Heidegger). Una opción filosófica que, no en vano, vemos arrancada de cuajo en la posguerra o "reconducida" a posiciones marxistas; no otro será el trabajo de Jean-Paul Sartre con el existencialismo y aun la postrera intentona de la Crítica de la razón dialéctica. El propio Sartre, empero, tiene que burlarse del materialismo en su famoso ensayo Materialismo y revolución, anatemizado por el Partido Comunista Francés de la época: "Los jóvenes de hoy no se sienten cómodos (...). Ahora se les pide que elijan entre idealismo y materialismo: se les dice que no hay término medio y que si no es lo uno será lo otro. A la mayoría de ellos el materialismo les parece filosóficamente falso: no comprenden cómo la materia podría engendrar la idea de materia. (...) No son culpables: no es culpa suya si aquéllos mismos que dicen profesar la dialéctica hoy quieren obligarlos a elegir entre dos contrarios, y rechazan, con el nombre del "tercer partido", la síntesis que los abrazaría". Así que, incluso en un marxista crítico como Sartre, el concepto de una tercera vía conceptual permanece (aunque es obvio que ya completamente adulterada en el decisivo plano de los valores) como la cuestión central, no sólo del pensamiento sino, ante todo, de la política. ¿Última huella de un "fascismo espiritual"?

Pero dejemos la palabra a Zeev Sternhell, investigador hebreo de la Universidad de Jerusalén de fama mundial y poco sospechoso de connivencia con el fenómeno: "En lo esencial, el pensamiento fascista constituye un rechazo del materialismo. Para él, el liberalismo, que se desarrolla a finales del siglo XIX en la democracia liberal, y el marxismo, una de cuyas ramas es el socialismo democrático, no representan más que diferentes aspectos de un mismo mal materialista. Por antimaterialismo, se entiende aquí el repudio de la herencia racionalista, individualista y utilitaria de los siglos XVIII y XIX. En términos de filosofía política, el antimaterialismo significa el rechazo total de la visión del hombre y de la sociedad elaborada de Hobbes a Kant, desde las revoluciones inglesas del siglo XVIII hasta las revoluciones americana y francesa. En términos de práctica política, el antimaterialismo significa el repudio de los principios llevados a la práctica por primera vez a finales del siglo XVIII y aplicados a mucha mayor escala, cien años más tarde, por los regímenes de la democracia liberal de la Europa occidental. De modo que se trata de un ataque general a la cultura política dominante a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, a sus fundamentos filosóficos, a sus principios y ejecución. (...) Ahora bien, el antimaterialismo no es únicamente la expresión de una negación del liberalismo, trátese de su versión contractualista o de la elaborada por el utilitarismo inglés, la cual, desde sus orígenes, implica la democratización de la vida política y la reforma de la sociedad. En la misma medida, el antimaterialismo expresa hacia 1900 la recusación de los postulados básicos de la economía marxista, a la vez que el ataque al conjunto de los fundamentos racionalistas del pensamiento de Marx. Son los sindicalistas revolucionarios, esos disidentes e inconformistas de la izquierda, quienes, a través de su crítica del determinismo marxista, establecen, a lo largo de la primera década de nuestro siglo, las principales componentes de la síntesis fascista" (Zeev Sternhell, El nacimiento de la ideología fascista, Ed. Siglo XXI, Madrid, 1994, págs. 8-9).
 
Por tanto, podemos afirmar que el "fascismo" originario fue un socialismo nacional que se caracterizó por su referente völkisch (la nación como articulación política del pueblo y fundamento de la soberanía), sus valores éticos (la verdad vs. la felicidad) y su antropología filosófica e histórica (el hombre como existente social arrojado al mundo y sujeto [de] [a] un proyecto constituyente libre y heroico).

El Fascismo fracasa políticamente porque, siendo uno de sus objetivos fundamentales abatir la amenaza bolchevique que, como suprema expresión del materialismo (=barbarie) ya se había cobrado en Rusia millones de víctimas y proyectaba su sombra sobre Italia y Alemania, terminó pactando con la derecha liberal y convirtiendo la doctrina revolucionaria de Sorel en un interclasismo centrista que aceptaba la colaboración de trabajadores y burgueses en aras de los "intereses de la nación". Una estrategia que dejaba intactas las decadentes jerarquías liberales, amenazadas por la revolución leninista; las mismas élites socioeconómicas que, utilizando al fascismo contra Lenin y el comunismo contra Hitler, en la posguerra se rasgarán las vestiduras y adoptarán el lenguaje antifascista de Stalin para que todo siga igual que en 1919.

Conviene también, por este motivo, recordar aquí la valoración que, poco antes de su suicidio (1944), hiciera el escritor colaboracionista francés Drieu la Rochelle frente al colapso histórico del proyecto fascista, a la postre librado a los destinos militares del ejército alemán: "La causa de la derrota de la política alemana no estriba en su desmesura, sino en su falta de resolución. La revolución alemana no se llevó adelante en ninguno de sus campos... La revolución alemana se mostró muy prudente y cautelosa con los viejos personajes de la economía y la Reichswehr; respetó demasiado la antigua burocracia. Este doble error se pagó durante el 20 de julio. Hitler hubiera tenido que demostrar todo el rigor contra una izquierda a la que los acontecimientos históricos habían sobrepasado, pero también contra una derecha anquilosada e incapaz de los más amplios puntos de vista. Como no lo hizo o lo llevó a efecto de una manera insuficiente, las consecuencias se fueron revelando más graves conforme fue progresando la marcha de la guerra: en todos los países ocupados de Europa, la política alemana apareció lastrada por los viejos prejuicios de un mando militar aferrado a las tradiciones y una diplomacia envejecida; no supo aprovechar la sugestión de lo nuevo que se le ofrecía y se mostró incapaz de trocar los viejos moldes de la guerra de conquista al antiguo estilo de una lucha revolucionaria. Creyó que la fuerza bélica podía ganar a la conciencia europea y tuvo luego que asistir impotente a que esta conciencia se volviera contra ella por no haberle ofrecido nada nuevo que pudiera movilizarla." (Ernst Nolte, Fascismo. De Mussolini a Hitler, Barcelona, Plaza y Janés, 1975, pág. 378, citado según Nation Europea, 1953). Una crítica que hace abstracción de los crímenes del nazismo, pero que acierta en el aspecto de la derechización del régimen, inseparable, empero, del holocausto en tanto que último pogrom del cristianismo de la "pureza de sangre".

No creo, empero, que el fracaso del fascismo ante la conciencia europea se circunscriba a los límites de lo dicho por La Rochelle, pero en cualquier caso el escritor e ideólogo francés del socialismo nacional tiene razón cuando achaca al declive del factor revolucionario fascista uno de los elementos esenciales que explican su incapacidad para convertir la política nacionalsocialista en una efectiva revolución nacional y socialista como reclamaba Heidegger. Otro factor sería el racismo y el antisemitismo nazis, ajenos al primer fascismo, y la nefasta política hitleriana en los territorios rusos ocupados por los alemanes, todo ello producto de la incompetencia filosófica de la ideología o cosmovisión nacionalsocialista encarnada por personajes como Erik Koch, entre otros, quienes, pese a su rechazo del materialismo marxista, permanecen presos de un materialismo biológico que, desde Darwin, también forma parte del bagaje positivista y liberal burgués, del que no saben o no quieren desprenderse. En fin, el fascismo se agota por ser poco consecuente y demasiado inclinado al pacto con la reacción, por su inoperancia casi ridícula -que en la actualidad sigue vigente- para hacerse con el dominio de su propio universo filosófico, axiológico y conceptual, por su tendencia a dejarse atrapar en las redes de la vieja y putrefacta derecha cristiana. Un mundo burgués al que el fascismo sólo salva del bolchevismo para que, aliado al enemigo americano que viene del otro lado del Atlántico y al propio bolchevismo, pueda a la postre recuperar sus industrias, haberes y privilegios tras el apocalipsis de la Segunda Guerra Mundial.

A mi humilde entender, el fascismo, desde el punto de vista político, está definitivamente muerto y ello en razón de sus propios errores, sin excusas, pero sigue siendo una referencia obligada y fundamental del pensamiento crítico. En este sentido, de forma mediada, el "fascismo" representa el escalón previo a toda reflexión sobre la alternativa al sistema capitalista financiero ("liberal"), ese despiadado dispositivo de poder que, tras la caída del muro, vuelve a incurrir en la misma altanería que diera lugar al comunismo y luego al propio fascismo, y que, encarnado por una oligarquía corrupta, criminal e inmoral que opera cual verdadero cáncer sociológico, hoy como ayer está generando su propia respuesta totalitaria (en este caso el islam, que no en vano adopta de forma mimética los símbolos del fascismo). Así, cualquiera que asuma la tarea crítica del pensar debe pasar por el estigma iniciático "fascista" o no es honesto. No podemos confiar en supuestos críticos ilustrados que adoptan de buenas a primeras el lenguaje antifascista de Hollywood para definir y combatir al "enemigo de la libertad". Quien se pretenda crítico y apele inmediatamente al imaginario simbólico del antifascismo, que es justamente el de la oligarquía liberal y sionista, confiesa sólo, casi ingenuamente, cuál es su verdadero proyecto. Porque, una de dos, o no es consciente de que adopta el que fuera lenguaje de Stalin y es ahora -sin que al parecer perciba en ello contradicción alguna- el de las "instituciones democráticas" (=oligárquicas) en estado de descomposición, y entonces nos encontramos ante un cretino de pura cepa; o sabe perfectamente qué es lo que está haciendo y entonces tratamos con un vulgar amante del "éxito en la vida" que apuesta por los ganadores y tiene el cinismo de presentársenos ataviado de héroe disidente. En cualquier caso, no otro sería el tipo de individuo que en el año 1933 correría a afiliarse a las SA de Hitler, mientras que, por el contrario, los que nos reclamamos de la verdad histórica, también para el fascismo, hubiéramos ido a parar, por las mismas fechas, a uno de los muchos Konzentrationsläger que a la sazón pronto empezaron a poblar la geografía del país de Goethe. La "objetividad" frente al fascismo es, en definitiva, la piedra de toque de la autenticidad crítica. Ningún antifascista puede oler a otra cosa que a arribismo mal lavado. Dicho esto, parece evidente que hay que ir más allá del fascismo y olvidarse de él como alternativa política, lo cual no nos debe impedir descubrir en su agonía las raíces del canallesco poder planetario actual, la locura de la extrema derecha sionista que señala el camino hacia la inminente catástrofe. Porque sin verdad no puede haber libertad.

Los parámetros que acabo de fijar respecto del tratamiento temático del fascismo definen, según mi opinión, el espacio de la decencia pública en el seno de un universo social democrático.

Jaume Farrerons
La Marca Hispànica
27 de julio de 2008
copyright©adecaf2008

Reeditado el 6 octubre de 2015 a tenor de la reforma del Código Penal.

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martes, mayo 06, 2008

Heidegger: un filósofo "fascista" en la cumbre del pensamiento secular


Martin Heidegger, el demonio de la filosofía.

















¿Cómo? ¿Un filósofo fascista? ¿Pero no habíamos quedado en que el fascismo fue puro irracionalismo representado, en el mejor de los casos, por escritorzuelos de segunda fila como Julius Evola o René Guénon y, en el peor, por todo ese desecho intelectual de sectas iniciáticas que exhiben su sintomatología psiquiátrica bajo el rótulo de marca del pomposamente denominado "pensamiento tradicional"? Delirio manicomial que incluye, al parecer, cosas así -y sin pretender ser exhaustivo- como el esoterismo, la alquimia, la magia, la brujería, etcétera. Estado febril, el "fascismo", que culmina sus compromisos políticos con actuaciones tan responsables e inquietantes para el aparato de poder dominante como la búsqueda de una base de naves espaciales en la Antártida.
Ésta y no otra ha sido la interesada versión del trasfondo intelectual del "fascismo" que en su día fuera difundida por la obra El retorno de los brujos (1960) de Louis Pawels y Jacques Bergier, la cual, obvio es decirlo aunque tantos autodenominados "fascistas" no hayan caído en ello -y hayan, por el contrario, picado el anzuelo venenoso que se les tendía-, forma parte de la amplia campaña de intoxicación y manipulación histórica que caracteriza la imagen especular del "fascismo" en la conciencia occidental contemporánea.
¿Hace falta subrayar además que para el sistema demoliberal es mucho más cómodo identificar el "fascismo" -y con él todos los genocidios del siglo de las grandes utopías progresistas- con una recaída en la barbarie o un retroceso a la Edad Media, antes que mancillar el mito de la racionalidad moderna cristiano-secularizada, el agente histórico que efectivamente los perpetró? Entendemos que de esta gigantesca estrategia de autoexculpación ilustrada que es a la vez una miserable táctica de envenenamiento intelectual e incapacitación política de las jóvenes generaciones de críticos y jóvenes rebeldes nacional-revolucionarios, forma parte la identificación del "fascismo" con el detritus mental del irracionalismo.
Sin embargo, el filósofo más importante del siglo XX, Martin Heidegger, fue miembro del partido nacionalsocialista y se identificó con la corriente interna nacional-revolucionaria del NSDAP. Ahora bien, si la suya fue una genuina filosofía, como efectivamente las instituciones del sistema demoliberal tienen que reconocer, entonces guarda un núcleo de racionalidad irreductible. Y si, por otra parte, existe una relación filosófica interna, y no sólo personal, entre Heidegger y el "fascismo" -cualquiera que sea la cosa que entendamos por tal-, cabe concluir que el fenómeno fascista contempla en este filósofo, y sólo en él, el último castillo no expugnado por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial.
¿Existiría, pues, una "razón fascista"?
Esta es la cuestión, la simple posibilidad de que un "fascista" piense -en el sentido fuerte del término- y de que un "pensar fascista" pueda ser siquiera concebido, pondría punto final de iure al mundo propagandístico de la posguerra, "estado de excepción" intelectual que llega hasta hoy.
Pero la paradoja no concluye aquí, sino que sólo comienza. Porque, en efecto, Heidegger no es únicamente un filósofo entre otros, sino una de las cimas, tal vez la más alta, del pensamiento secular. Es el último filósofo cuya filosofía sigue viva y alimenta, por ejemplo, a la entera izquierda francesa de principios del siglo XXI en la medida en que ésta pretende seguir ejerciendo la crítica. Y así como hemos visto que el imaginario simbólico dominante oculta los mayores crímenes contra la humanidad realizados en nombre de los valores progresistas tras la máscara de la ideología antifascista, también vemos que, en plena coherencia con este hecho, el último filósofo, la postrera fuente de la crítica racional, permanece inexorablemente vinculada al "fascismo".
El sistema demoliberal no tiene respuesta ante este auténtico escándalo y calla, aunque no deje de desarrollar estrategias que le permitan sortear el obstáculo de la misma manera que ha podido, mediante el ensordecimiento mediático y cultural, ocultar los mayores genocidios de la historia tras la narración cinematográfica del Holocausto. Hay gente que trabaja en este tema a jornada completa, unos pretendiendo recuperar a Heidegger, ya veremos cómo, otros intentando calumniarlo con maniobras que, sin embargo, la academia no se puede tormar en serio a tenor de su burdo carácter propagandístico; y todavía otros pocos más haciendo todo lo posible a sueldo de las cloacas del estado para que los posibles nacional-revolucionarios que puedan aparecer por azar, a contracorriente del lavado de cerebro mediático-mundial, sigan ignorando la existencia misma de Heidegger y se identifiquen con obscenidades como el "pensamiento tradicional", de manera que su cerebro quede arruinado de por vida. Son aspectos de una misma lucha a los que nos referiremos a medida que este blog vaya desplegando sus fuerzas.
Baste añadir por hoy que si la filosofía, en cuanto crítica y por ende en tanto que análisis del antifascismo como ideología del poder vigente, mantiene algún vínculo político, éste es el que se establece, a partir del Heidegger, con un campo que vamos a denominar nacional-revolucionario de izquierdas y que el filósofo más importante del siglo XX encarnó como poco hasta el año 1945. De este primer Heidegger, que es un pensador crítico de la razón en el sentido kantiano ilustrado de una crítica de la razón pura pero no un irracionalista al estilo bazofial ya referenciado, nos ocuparemos in extenso.
Y en fin, sirva este post para adelantar los motivos -que algunos nos han preguntado- por los cuales un blog de filosofía crítica ostenta en su dirección de búsqueda el término NR (i), nacional-revolucionario, por cuanto así empezó sus días el proyecto [aunque, como era de esperar, fuera saboteado inmediatamente por los franquiciados españoles de la descerebración subvencionada].
Jaume Farrerons
La Marca Hispànica
6 de mayo de 2008

viernes, abril 04, 2008

Millones de civiles y prisioneros alemanes exterminados por los aliados

Víctimas alemanas de un bombardeo terrorista aliado. Según el relato oficial, a los judíos los gaseaban y luego incineraban sus cuerpos. Los civiles alemanes eran quemados vivos directamente. Suponemos que el método oligárquico resultaba más barato y "humanitario".













Hemos esbozado un cálculo aproximado -que iremos perfilando poco a poco- de los alemanes, civiles o militares desarmados, que fueron víctimas de vulneraciones de los derechos humanos en la Segunda Guerra Mundial. Las cifras resultan escalofriantes, pero todavía lo es más pensar que dichas actuaciones criminales fueron perpetradas por potencias que decían luchar contra la maldad del nazismo en nombre de unos valores que la ideología fascista habría vulnerado.
 
A la vista de lo sucedido, me resulta difícil de creer.

En primer lugar, 1.100.000 de civiles alemanes exterminados en bombardeos planificados a tal efecto por la sofisticada tecnología crematoria, constantemente "mejorada" a lo largo de la guerra, de la aviación inglesa. En resumen: !quemar vivos a mujeres, ancianos y niños!

Este plan estratégico, denominado "bombardeo moral", tenía la supuesta finalidad de provocar en el pueblo alemán una reacción de rebelión contra el régimen nazi, pero cuando se comprobó que el resultado era el contrario, siendo así que difícilmente se podía justificar la causa aliada amparándola en semejantes métodos, los ataques aéreos incendiarios contra la gente común y corriente prosiguieron incluso hasta después de que el ejército alemán, prácticamente derrotado, no presentara ya una resistencia digna de ese nombre (por ejemplo, en el ataque aéreo a Pfüllingen). Conviene añadir que el plan británico fijaba como norte exterminar a 15.000.000 de alemanes y comenzó perpetrarse en mayo de 1940, es decir, antes de que pueda hablarse en algún sentido de un holocausto judío a manos del Tercer Reich.

Más de 12.000.000 de civiles alemanes de los territorios del Este, es decir, Prusia, Silesia y Pomerania, fueron sometidos a limpieza étnica, calificada según la legislación internacional vigente de crimen contra la humanidad. Territorios de Alemania que, como los Sudetes, Prusia Oriental, Silesia y Pomerania, pasaron a incorporarse, sin mediar tratado alguno, y a guisa de botín de guerra, a la URSS, Polonia y Checoslovaquia.

Unos 2.500.000 de civiles alemanes resultaron exterminados como consecuencia de dicho proceso de limpieza étnica.

Alrededor de 800.000 militares alemanes desarmados murieron, por hambre, enfermedades y malos tratos, en los campos de concentración norteamericanos y franceses después de la Segunda Guerra Mundial. El comportamiento alemán con los prisioneros ingleses, norteamericanos y franceses -no así en el caso de los rusos y de los judíos, entre otras minorías- respetó empero, en todo momento y con contadas excepciones, las normas de la Convención de Ginebra.

En torno a 1.500.000 de militares alemanes desarmados perecieron de la misma manera en los campos de concentración soviéticos.

De los 2 millones de mujeres alemanas violadas, 200.000 murieron a consecuencia de la violencia sexual perpetrada por el Ejército Rojo de forma sistemática.

Unos 80.000 civiles alemanes fueron exterminados en campos de concentración de posguerra regentados por gentes como Salomón Morel, es decir, ex prisioneros judíos de campos alemanes.

A estas cifras hay que sumar los ciudadanos soviéticos de etnia germana, completamente ajenos al nazismo, deportados a Siberia por Stalin, así como las minorías germanohablantes en países de Europa oriental: Hungría, Rumanía y Yugoeslavia, objeto también de todo tipo de atrocidades después de la guerra. Las minorías étnicas alemanas, unos tres millones de personas, fueron, en efecto, también expulsados, pereciendo en medio de tales fechorías unos 1.300.000 civiles inocentes.

Por si fuera poco, entre 4 y 8 millones de alemanes murieron de inanición a partir del año 1945 como consecuencia de la deliberada política de castigo -de la cual conocemos al autor intelectual: el banquero norteamericano Henry Morgenthau- impuesta por los aliados a la nación vencida. En total, tenemos como poco 8 millones de alemanes exterminados fuera de las operaciones militares por los valientes y simpáticos cruzados del humanismo cristiano, la democracia y el socialismo que aparecen en las películas de Hollywood mascando chicle o bebiendo vodka.

Semejantes cifras pueden, empero, alcanzar hasta los 13 millones de muertos, sin contar los desplazados forzosos ya mencionados (en total, 25 millones de alemanes afectados por vulneraciones de los derechos humanos), de manera que la cantidad mínima de "ocho millones" no es producto de exageración alguna, sino una estimación muy moderada y computada a la baja.

De estos alemanes nada se sabe, no se han rodado en Hollywood películas sobre el tema y sólo poco a poco empezamos a tener noticia del escándalo a través de libros e investigaciones de heroicos historiadores que son automáticamente estigmatizados por el sistema demoliberal, todo ello en nombre de la ideología antifascista, la misma que justificó este auténtico "holocausto olvidado" y que sigue vigente so pena de excomunión social en los pomposamente autodenominados países libres.

Conviene recordar que el fascismo originario, el régimen de Mussolini -el único que puede de forma rigurosa ser calificado de fascista-, no fue, en general, genocida: 25 son las penas de muerte que, tras un juicio en regla, se aplicaron a terroristas eslavos en los veinte años que duró la existencia del Estado fascista. En cuanto a la brutalidad italiana en las guerras coloniales, tampoco superó la de las potencias occidentales que habíanle servido de modelo a Mussolini. El único episodio verdaderamente genocida es la masacre de 40.000 cirenaicos en Libia, pero la historia de los Estados Unidos está literalmente repleta de hechos como éste y no parece que este país haya renunciado por ello a su orgullo nacional ni a una vanidosa y ridícula creencia en su propia santidad. Más que violencia estrictamente fascista, tenemos en el genocidio de los cirenaicos el ejemplo de unas pautas de conducta arquetípicas del colonialismo que vienen precedidas por siglos de genocidios y esclavismo, actos de opresión masiva y sistemática legitimados por una ideología racial-imperialista, capitalista y liberal en los países "bárbaros", hecho que los fascistas se limitan aquí a reproducir.
 
Por otro lado, muchos fascistas ampararon a los judíos perseguidos por la Gestapo, pues esta minoría estaba sobrerrepresentada -respecto a su porcentaje dentro de la población total italiana- en el propio partido fascista. Pensemos que sólo ETA ha asesinado a más de 1000 personas inocentes por motivos "revolucionarios" y "antifascistas", ya sea de un tiro en la nuca, ya mediante artefactos explosivos., no obstante lo cual a sus cómplices abertzales sólo se les reclama "condenar" los atentados etarras para poder reincorporarse a la "vida democrática". Los crímenes del nazismo, sean cuales fueren, jamás justificarán las matanzas de civiles indefensos. Los sedicentes defensores de la democracia, el progreso y los derechos humanos no pueden haber cometido tales atrocidades, impunes y enterradas en el olvido, cuando no lastradas por el tabú o la persecución judicial ("banalización del holocausto"), como si las víctimas del antifascismo nunca hubieran existido; y, sin embargo, hete aquí la triste verdad. Por lo tanto, tenemos, como poco, el derecho de cuestionar, por principio, todo aquello que nos hayan contado hasta la fecha en materia de relato histórico.

La filosofía -la duda metódica cartesiana, la pregunta socrática, la crítica kantiana, la reducción fenomenológica, la hermenéutica del sentido, la genealogía nietzscheana- debe romper su cobarde silencio ante esta deformación monstruosa de la conciencia humana amparada por la propaganda oligárquica. El futuro de la ilustración y, por ende, los valores de una genuina sociedad democrática, dependen de que la figura heroica del filósofo no desaparezca.

Jaume Farrerons
La Marca Hispánica
4 de abril de 2008
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miércoles, marzo 26, 2008

Las tareas de la filosofía crítica


Personal de un campo de concentración alemán bajo el nazismo.
No eran tan diferentes a nosotros.
Habrá que empezar a hacerse preguntas.
















Los artículos que venimos publicando desde noviembre pasado, que en algunos casos recogen contribuciones y trabajos muy anteriores, dan una idea del tipo de temáticas que pretendemos analizar en el presente blog. Sirvan como ejemplo a los interesados.

El punto de partida del debate será así siempre un hecho de dimensiones históricas gigantescas y tremenda gravedad desde el punto de vista de los derechos humanos. Constataremos, no obstante, que tal evento ha sido silenciado por los operadores administrativos, políticos y mediáticos del sistema demoliberal.

Desde los 100 millones de personas exterminadas en nombre del antifascismo comunista y marxista -genocidio a escala mundial con los "fascistas" como víctimas: un acontecimiento que simplemente se ha volatilizado en el seno de la frágil memoria histórica que liberó festivamente París en 1944-, hasta la limpieza étnica de Palestina perpetrada en 1948 por el Estado de Israel con la sorda complicidad de los Estados Unidos y la ONU. Desde la ofensiva de bombardeos incendiarios contra la población civil alemana, emprendida en 1941 y en cualquier caso antes de que comenzara el holocausto de los judíos, hasta el asesinato 800.000 prisioneros alemanes en campos de concentración americanos y franceses (recordemos que los prisioneros americanos y franceses, no así los rusos y los judíos, fueron, sin embargo, generalmente respetados en los Läger alemanes, con muy pocas excepciones).

Existe una "ideología" del sistema, el antifascismo, con las manos manchadas de sangre y el sentido de la verdad completamente pervertido por la voluntad de poder. Vivimos gobernados por quienes son literalmente unos criminales y, sin embargo, se nos ha hecho creer que el nuestro es el mejor de los mundos posibles. La tarea de la Filosofía Crítica se resume en romper ese velo adoctrinador mientras la palabra sea todavía posible -cada vez lo será menos- sin que ello se confunda con un intento de resucitar políticamente el fascismo.

En nuestro caso, éste es el único lugar donde se nos permite expresarnos con libertad después de habernos atrevido a denunciar el maltrato a reclusos en las prisiones de la muy progresista Generalitat de Catalunya. Por ello fuimos acusados de ultraderechistas (9 de noviembre de 2006, TV3, Els Matins, Josep Cuní) en una llamada privada del govern al presentador del programa. Con esta orden dada en un país "democrático" a un medio de comunicación de máxima audiencia -una orden cuya finalidad era impedirnos... hablar, explicar el papel del corporativismo sindical en el silenciamiento de la tortura-, quedó en evidencia ante nuestros ojos en un caso concreto cuál es la función política del antifascismo ideológico, a saber, encubrir las vulneraciones de los derechos humanos perpetradas por el poder vigente.

Deconstruir el antifascismo como discurso de la opresión, la mentira, la corrupción y el genocidio encubierto; hacer ilustración; ejercer de filósofos siguiendo el ejemplo de Sócrates, allí donde los delincuentes con corbata enquistados en las instituciones entonan la cantinela de la democracia y una narración de Auschwitz que incluye "testimonios" como el del señor Enric Marco y tantos otros de su misma calaña (por ejemplo, todos los "testigos" de las cámaras de gas en los campos de concentración del territorio actual de Austria y de la República Federal Alemana hasta 1989),  farsantes que contemplaron "con sus propios ojos" unas instalaciones que, según se reconoce hoy unánimemente, no existieron nunca allí, sino únicamente en la Polonia ocupada. ¿Fue el holocausto, y hasta qué punto y cómo -el relato oficial ya no satisface a nadie- la consecuencia de los bombardeos británicos y de otras medidas de etnicidio germanófobo tempranamente adoptadas contra el pueblo alemán? ¿Representó el fascismo una mera posición política defensiva y reactiva frente al exterminio masivo de clase -pero también étnico- emprendido en Rusia por los bolcheviques ya en la época de Lenin? ¿Constituye, en definitiva, el antifascismo, a lo largo del sangriento siglo XX, una doctrina criminógena y, al mismo tiempo, el imaginario vigente en nuestras sociedades?

Tales son las preguntas y cuestiones que pretendemos abordar diariamente en este blog a partir del próximo 1º de abril.

Una última aclaración es que el uso de la palabra fascismo en el sitio FILOSOFÍA CRÍTICA debería ir entrecomillada, siendo así que no se refiere tanto al hecho del Fascismo cuanto al fenómeno que, en la conciencia colectiva, se interpone entre este nosotros y dicho factum. Por tanto, cuando quiera referirme al fascismo histórico, utilizaré la palabra con mayúsculas. En el resto de los casos, y para no hacer un uso excesivo de las comillas, fascismo remitirá al mencionado fenómeno en el sentido fenomenológico del término. Otro tanto cabe subrayar respecto de términos tales como "Auschwitz", "Holocausto", "Shoah" y equivalentes. No nos importan tanto las realidades históricas -actualmente inaccesibles a la investigación a causa de la represión legal imperante- cuanto de las funciones políticas liberticidas del discurso antifascista.
 
Jaume Farrerons
La Marca Hispánica
26 de marzo de 2008

martes, marzo 04, 2008

¿Qué significa ser de izquierdas hoy? (I)

Todas las bajezas en que se mueve fatalmente la vida de los desclasados procedentes de las capas superiores son proclamadas como virtudes ultrarrevolucionarias. (…) La lucha económica y política de los obreros por su emancipación se sustituye por las acciones pandestructivas de la carne de presidio, última encarnación de la revolución… [K. Marx, (1873)]           











Aviso: este artículo no pretende describir cómo son necesariamente todos y cada uno de los miembros del grupo descrito, sino un "modelo" interpretativo, tendencial, que se dará empíricamente en muchos casos, en mayor o menor medida, pero en otros no se dará o se dará sólo de forma parcial. No queremos incurrir, por tanto, en la misma estrategia de diabolización que caracteriza las prácticas criticadas.


Todos tenemos una noción más o menos difusa de lo que debería significar ser de izquierdas: creer en el poder de la razón y en la voluntad de transformar la sociedad desde la normativa que emana del espíritu, la ciencia, el pensamiento y la ilustración; apostar por la luz intelectual que se proyecta sobre las zonas opacas de opresión social y las obliga a cambiar por el simple hecho de haberlas arrancado al ocultamiento y, por ende, liberado de la impunidad. Etcétera.


Pero la izquierda actual poco o nada tiene que ver con esta metáfora de la transparencia, sino más bien con su contraria. Por lo que se puede comprobar tras una simple intervención en los foros considerados más progresistas y radicales, hablar de racionalidad crítica, iluminismo, lógica o intelectualidad a propósito de esa gente, es una broma pesada.


Antes de enfrascarnos en la abstracción de un modelo normativo del “ser de izquierdas” –aunque ésa sea en definitiva nuestra estación de llegada-, conviene que hagamos primero un viaje al mundo de los hechos. No otra es la mejor manera de curarse de la celebérrima ingenuidad filosófica.


¿Qué significa, por tanto, ser de izquierdas hoy? Existen varias tradiciones ideológicas de izquierdas: la burguesa (socialdemócrata), la totalitaria (marxista-leninista) y la anarquista, pero las izquierdas políticas se caracterizan también por factores distintos del ideológico y comparten, en medida variable, ingredientes doctrinales diversos. Empecemos por la izquierda radical de inspiración libertaria, híbrido monstruoso de contracultura drogodependiente, contorsión transgresivo-sexual y culto estético de la violencia terrorista.


La realidad cotidiana del mundo radical


A diferencia de América, donde la contracultura ha surgido de la tradición individualista de este país (con unas concomitancias entre el anarquismo y el ultraliberalismo libertariano derechista muy dignas de análisis), en Europa el movimiento en cuestión es una mezcla confusa de individualismo hedonista, acratismo transgresivo y ciertas dosis de marxismo-leninismo totalitario. Pertenecer a este ámbito social significa, ante todo y en primerísimo lugar, identificarse con una especie de “tribu” que se distingue: 1) por el atuendo, la música y otros productos (drogas incluidas), los cuales uno compra, luce, escucha y fuma, esnifachútase como ritual de negación de la sociedad burguesa; 2) por un conjunto de tópicos y consignas, la más importante el odio a una determinada imagen teológico-secularizada denominada "fascismo" (el infierno cristiano-secularizado: Auschwitz); 3) por unas pautas de conducta, que implican, entre otras cosas, saber identificar al otro como miembro de la comuna o ente ajeno a ella; 4) por el apoyo a, y la práctica de, la violencia contra “los otros”, estigmatizados y criminalizados como “fascistas”; 5) por la negación de las normas en cuanto tales, en el contexto de una cultura de la transgresión que cuestiona la totalidad de las instituciones sociales, incluida la ciencia y la racionalidad.


La caracterización de la izquierda contracultural europea como “tribu” (o clan) no es ninguna caricatura, sino una rigurosa constatación de su defensa pseudo ecológica del primitivismo y de su rechazo a la civilización occidental (que Marx siempre había reivindicado). Este esquema naturaleza/civilización tiene tanto de tribal como de maniqueo. Así, si uno pertenece a la comuna, será objeto de encomio haga lo que haga; si no, aunque pueda acreditar, por ejemplo, la más intensa devoción por la verdad y la justicia, terminará expulsado a la periferia exterior de los seres carentes de derechos (los presuntos “fascistas”). Por ejemplo, en formando parte del grupo comunal, un terrorista asesino de niños será admirable; pero un funcionario de prisiones comprometido con los derechos humanos de los reclusos, e independientemente de sus actuaciones concretas, nunca dejará de ser un “fascista”, un "represor" merecedor del paseíllo.


La categoría marxiana de alienación


La contracultura nace en Europa y Estados Unidos de forma simultánea a lo largo de la década de los años 60 y culmina con los hechos de mayo del 68. En realidad, supone el fin del socialismo como proyecto de racionalización occidental y el triunfo de los elementos simbólicos inherentes a la izquierda mesiánica y profética cristiano-secularizada, los cuales en la ideología socialista quedaban desplazados como meta y final de la historia (supresión del Estado) en unos términos utópicos que, sin embargo, regían en tanto que valores últimos de todas las formaciones y movimientos izquierdistas (socialistas, comunistas y anarcosindicalistas).


La conversión de la izquierda toda a un anarquismo lúdico y estético coincide con el auge de la sociedad de consumo occidental y se limita a radicalizar los valores hedonistas de la profecía religiosa (secularizada) convirtiéndolos en núcleo de una anticultura basada en la negación de las normas en cuanto normas y, por ende, en el rechazo de la razón como estructura preceptiva del pensar, del hablar y del actuar. Este planteamiento desemboca en una proliferación discursiva (los célebres “movimientos sociales”) apolítica y rebelde que se concreta en propuestas de supresión de las instituciones, empezando, de acuerdo con el canon clásico, por el ejército y la propiedad privada, pero sin detenerse ya ante la escuela, la prisión, la institución psiquiátrica, la familia, etcétera. En definitiva, es la civilización misma lo que se quiere subvertir. Los locos y los delincuentes sustituyen al proletariado como sujeto de la revolución (véase a este respecto la filosofía de Michel Foucault). Este discurso ha dejado atrás, en la posmodernidad lúdica, al socialismo marxista, estatalista, militarista... "fascista".


Así, cuando la contracultura habla de fascismo –del "mal absoluto"- no se refiere al nazismo, o no sólo, sino a cualquier persona, grupo o entidad que, a sus ojos, encarne las instituciones de la civilización europeo-occidental en la dimensión de racionalidad, es decir, cualquier pauta de actuación individual o colectiva basada en valores no hedonistas (por ejemplo, el heroísmo, la ciencia, la cultura, etcétera). El arquetipo humano válido es un ente femenino o afeminado cuyo sentido existencial es el placer, el bienestar, el "amor", la paz...


El paraíso hedonista se realiza presuntamente aquí y ahora mediante las drogas y la transgresión sexual (que incluye la apología de la pederastia por parte de ideólogos de mayo del 68 como el eurodiputado Cohn-Bendit). La sociedad de consumo es rechazada no por sus valores, sino porque hay que trabajar y someterse a una disciplina institucional y racional para obtener el placer, es decir, el valor supremo. Los neo-izquierdistas contraculturales reconocen en la sociedad de consumo un subproducto de su sistema de valores, pero a todas luces insuficiente. Rechazan la sociedad de producción que la hace posible en tanto que se fundamenta en valores diametralmente opuestos a la comuna profético-utópica. Frente a este constante aplazamiento del "orgasmo histórico-escatológico colectivo", el reino de Dios en la tierra, los radicales “exigen” el inmediato "retorno a la naturaleza" sin represiones. Placer ya, aquí y ahora. Circunstancia que no les impide dar su apoyo a prácticas totalitarias y terroristas como el maoísmo, cuya tierra prometida desembocará en el infierno genocida camboyano de Pol Pot o en la revolución cultural china, con decenas de millones de muertos. Pero es que las pulsiones agresivas hay que descargarlas también: existe una loable agresividad, la que se ejerce contra el "fascista" y provoca placer, que cabe considerar válida.


Lejos de conducir al anhelado “paraíso”, los efectos de la contracultura no han sido otros que: 1/ la tolerancia de la ciudadanía ante la corrupción de la clase política, aceptada como inevitable desde una ideología de la transgresión normativa (recordemos las imágenes periodísticas del socialista Roldán, director general de la guardia civil, esnifando "coca" rodeado de putas); 2/ el aumento galopante de la delincuencia ligada al tráfico y consumo de drogas, que abarrota las prisiones desde los años 70 y no ha dejado de crecer hasta la actualidad; 3/ el auge de delitos ligados a la sexualidad, entre ellos la pederastia; 4/ la incorporación a la sociedad de consumo de todos los productos y usos vinculados a la contracultura, los cuales devienen en moda y negocio de singular hipocresía; 5/ la renuncia al proyecto político socialista de transformación de la sociedad y la subsiguiente reducción del izquierdismo radical real a mera masturbación narcisista de un “yo” hinchado de soberbia; 6/ la transformación del reformismo democrático de izquierdas (socialdemocracia, laborismo, etcétera) en una fachada simbólica para imponer con mayor efectividad las políticas neoliberales de mercado en el marco del individualismo hedonista, que los izquierdistas ácratas de lujo (la famosa gauche divine) comparten con la burguesía; 7/ la kafkiana metamorfosis de la política, allí donde esta pauta de conducta sobrevive dentro de la izquierda radical, en acción terrorista, normalmente compatible con el consumo de drogas y un modus vivendi delincuencial legitimado desde la misma estética transgresiva nihilista que, en negando todas las normas, como ya señalamos supra, ha negado también los derechos humanos, la inhibición de la violencia y la prohibición de matar.


Evidentemente, no pretendo agotar el tema con esta brevísima descripción del factum brutum sociológico de la izquierda radical real, sólo me interesa subrayar que el radicalismo de izquierdas, desde el punto de vista de su realidad objetiva, representa un fenómeno social cosificado, antes que un proyecto político propiamente dicho.


Por este motivo hay que medir el alcance del término contracultura, la cual se limita a enervar hasta el paroxismo los valores religioso-secularizados de la sociedad de consumo, renunciando a la reforma de unas instituciones que ya simplemente pretende suprimir. La contracultura marca un repliegue hacia la vida privada y la búsqueda individual o grupal de la felicidad, frente a los intentos de transformar la sociedad (el totalitarismo comunista primero y la sociedad de consumo socialdemócrata después) que la habían precedido.


En definitiva, allí donde antes regía la metáfora de la transparencia y de la luz (iluminismo), esto es, de la razón crítica embarcada en la historia (reformismo/revolución), impera ahora el espesor de la cosa, el fetichismo de la mercancía convertido en quincalla de estrellas rojas, costo e imágenes del Che. Es la categoría marxista de alienación que, lanzada contra la burguesía, retorna ahora como un boomerang y… se estrella en la cara del okupa.


Pero analicemos algunas de las consecuencias de esta determinación substancialista, significante, opaca y empírica de la identidad del yo progre.


La autopercepción subjetiva del energúmeno antifascista

La pertenencia a un grupo basada en puros significantes morales puestos en circulación por el mercado y por lo tanto vacíos de contenido (cualquiera puede vestir de una determinada manera y adoptar ciertas consignas o escuchar determinados grupos musicales) tiene consecuencias devastadoras en la autopercepción que el progre experimenta de sí mismo y en sus pautas comunicativas.



Muy importante en este sentido es lo que denominaré “falacia autoperceptiva de las intenciones”. Significa que, una vez identificado como miembro del grupo, uno es “bueno” independientemente de los actos que perpetre porque su intención gratuitamente autoimputada define su ser-cosa. Las críticas a los miembros de la comuna tribal tienen carácter técnico, táctico o estratégico, pero no atentan contra la substanciación ontológica del yo progre (=deseo=placer=bien). Por ejemplo, uno (das Man, en el sentido heideggeriano) se considera heredero de un sector político -el marxismo-leninismo- que ha asesinado 100 millones de personas, pero esto no resulta significativo porque “todo el mundo comete errores” (respuesta a una encuesta que realizamos en Indymedia Barcelona a lo largo del año 2005). Cuando uno pertenece al grupo-tribu tiene buena intención y, si ése es el caso, ocurra lo que ocurra, incluso uno de los mayores genocidios de la historia de la humanidad, en última instancia siempre estará justificado. Es el fenómeno de la hiperlegitimación, de atrofia moral farisaica, patente de corso para toda clase de abusos y hasta de crímenes.


A la inversa también funciona. Cualquier actuación honesta atribuible a los otros –a la imagen del otro alucinado como “fascista”- será sólo una maniobra para obtener poder, prestigio, engañar al pueblo, etcétera. El adversario político que actúe de forma coherente con unos principios éticos como el respeto a la verdad, a los derechos humanos, etcétera, lo hace, según el yo progre, con intención torticera, busca propaganda, miente... Semejante paranoia política coagulada en ideología es la consecuencia inexorable de la correlativa imputación del mal absoluto a cualquiera que no sea miembro de la comuna.


De esta manera, las personas y los grupos no son juzgados por lo que dicen o hacen, sino a partir de un poder mágico que distribuye certificados de autenticidad progresista o excomunicación social. El yo progre es un verdugo que ejecuta la sentencia de muerte civil, y esto en el mejor de los casos, a partir de esta imputación de intenciones. Ahora bien, ¿cómo se conoce la “intención” de alguien y, sobretodo, cómo la justifican los izquierdistas radicales? Pues, de ninguna manera, la asignan a partir de indicios, es decir, de otros significantes, tan vacíos e intercambiables como los que definen su propia identidad, pero de signo opuesto.


La falacia de las buenas intenciones


Estamos ante un poder de inspiración, divino, esotérico, chamánico, que etiqueta y cataloga (fascista/no fascista) las voluntades y, por ende, la identidad metafísica del crítico. Del iluminismo hemos pasado a la iluminación –auspiciada por determinadas sustancias (LSD, heroína, "coca"…)-. No hacen falta demostraciones, ni pruebas, ni veracidad. La sentencia está ayuna de fundamento, la hace cada progre, guarro u okupa sólo leyendo una crítica, un argumento que se sale del dispositivo de consignas aceptadas en el seno de lo políticamente correcto, observando un atuendo, constatando una profesión, etcétera. Es decir, insistamos en ello, desde puros significantes abstractos adscritos al interlocutor.


Ahora bien, la señalada imputación de intenciones, esa facultad paranormal, pseudo religiosa y adivinatoria de que goza el okupa, siempre favorece a quién la utiliza, permitiéndole eludir toda crítica, de manera que el miembro de la contracultura no necesita formarse intelectualmente, ni razonar, ni saber realmente de qué está hablando. Aunque este fenómeno produce una izquierda radical terriblemente engreída e ignorante, no importa. De hecho, se trataba de eso, a saber: de barrer la racionalidad “burguesa”. La contracultura es una anticultura, no necesita pensar, le basta con lo que ella denomina contrainformación, a saber, en demasiados casos, una montaña de consignas vacías de contenido y la voluntad consciente de mentir sin escrúpulos. Pero ya sabemos que ha renunciado a la inteligencia, a la documentación, a la ciencia…, y es que disfruta del poder soberano y cuasi sacerdotal de administrar esencias absolutas. El suyo es un argumento ad hominem, que vulnera toda lógica, pero tanto da, porque la lógica es “represiva”, como la gramática y hasta la ortografía. Una vez ha descubierto el poder mágico de la palabra “fascista” para liquidar todo lo que le molesta, osa responderle o le puede privar de sus placeres, el progre, el pijo okupa y el delincuente ácrata ya no necesitan nada más para alcanzar la paz espiritual, como no sea su ración diaria de sustancia estupefaciente donde su cerebro descansa a satisfacción. Papá paga.


Aquello que realmente importa en el nido del cuco comunal es ser antifascista, vivir en el lado correcto del cosmos, un privilegio que goza del valor añadido de ser a la vez transgresivo (=rebelde) y biempensante. Se está en contra de “todo (el mundo)” (pues todo sería para él fascista, descontado el grupo) sin ningún riesgo, porque “todo (el mundo)” está –en realidad- en contra del fascismo. Así, el energúmeno grupal goza de la emoción de la rebeldía, pero no corre el riesgo de quedarse solo y tener que vérselas realmente con un universo hostil (hoy por hoy, esta situación sólo la conoce de verdad el fascista).


La hiperlegitimación del crimen

Los miembros de la comuna, sin excepción, cuentan por tanto con esa prerrogativa única, en virtud de la cual establécese que ellos siempre tendrán “buenas” intenciones, y los otros, por definición los fascistas (=el resto del universo), siempre las tendrán “malas”. Visto que lo que importa son siempre las intenciones y no los hechos o la validez del razonamiento, no es menester entablar ningún debate con el grupo, porque ellos ya han refutado de antemano al otro pase lo que pase. Ellos tienen razón por lo que son, no por lo que dicen o hacen. Y el adversario está siempre equivocado por lo que es, no por un dato objetivo. A partir de este momento, empero, la comunicación, el lenguaje, ha muerto, a menos que el otro se allane ante al energúmeno. En el derruido lugar del diálogo aparece la difamación, el insulto, la amenaza y la agresión física.


En efecto, todo debate es imposible, porque, independientemente de las razones, hechos probados y documentos que el otro aporte, al margen de lo que demuestre, álzase, insuperable, inmenso, el problema de su ser: no es "nosotros". El progre encarna la utopía (el orgasmo colectivo escatológico=el bien absoluto) y el otro es el fascismo (la muerte=el mal absoluto). El diálogo termina siempre en una acusación, en un juicio, en una diabolización, por un lado, y en una (auto) canonización laica, por otro. Y siempre, en la base del dispositivo anti-comunicativo, la postulatoria imputación de voluntades, admirables a sí mismo y perversas al interlocutor, con  la reducción subsiguiente de toda la argumentación a una recurrente refutatio ad hominem independiente de la información que el crítico –previamente criminalizado, juzgado y ejecutado- haya podido esgrimir.

La izquierda radical ha perdido así la capacidad de razonar, de ejercer la crítica, que fuera antaño presuntamente su propia esencia. Intelectualmente, babea bajo los efectos de la mierda. Pero desde el punto de vista ético la cosa es todavía más repugnante. En efecto, por Sigmund Freud, fundador del psicoanálisis, sabemos que la mente humana incluye un determinado quantum de pulsiones agresivas, producto de una evolución biológica basada en la competencia violenta entre las especies y en la lucha por la vida. Dichas tendencias heredadas son objeto de un control psicológico, normativo y penal en la sociedad civilizada, pero no por ello dejan de expresarse y descargarse, so pena de volverse contra la propia psique si ésta no es capaz de sublimarlas. La contracultura, precisamente, define el “fascismo”, el mal absoluto, en términos de descarga de pulsiones agresivas: así interpreta el militarismo, el racismo, la homofobia, etcétera. El problema de la agresividad es que el sujeto no puede manifestarla sin sentimiento de culpa en el marco de la civilización. De ahí el cine y la literatura violentos, o el fútbol, representaciones alucinatorias y catárticas del deseo de hacer daño que permiten gestionar un cierto equilibrio libidinal en la psique de las masas (y de las élites). Sin embargo, por otra parte, y en nombre de la transgresión de las normas, la contracultura ha desarrollado todo un culto al marqués de Sade y ha acuñado doctrinariamente las coartadas oportunas para ejercer lo que denomina la “violencia revolucionaria”, que incluye la tortura y la ejecución sumaria de unos seres privados de derechos, los presuntos fascistas. El antifascismo resultaría así muy útil para la descarga de la libido agresiva sin incurrir en sentimiento de culpabilidad. El radical, por ejemplo el etarra, ejerce como "criminal nazi" pero con buena conciencia, y se labra una solución mágica –ergo harto irracional- a los problemas generados por sus “pulsiones de muerte”, a saber, identificar un chivo expiatorio que cargue con sus problemas personales o sociales y, ante todo, con las contradicciones (la soledad, el dolor, la enfermedad, la muerte, etcétera) inherentes a la existencia humana. Yo sufro, alguien debe de tener la culpa. ¿Quién? El fascista, por supuesto.



Así, hagan lo que hagan unos y otros, el hablante, si es miembro del grupo-tribu comunal, ya se adscriba el centro social ocupado, ya al movimiento por la paz, ya a la banda terrorista, siempre disfruta de una coartada irrefutable para justificar los actos más aborrecibles. Puesto que él pertenece a los “buenos”, a los representantes de la utopía, tiene derecho a todo. El yo progre puede perpetrar cualquier clase de fechorías: sin menoscabo del comentario sobre lo acertado o desacertado del estropicio (p.e.: la masacre de Hipercor), él sigue siendo “bueno”, visto que ya lo es esencialmente. Los “fascistas”, en cambio, es decir quienes no forman parte de la comuna grupocéntrica, no cometen “errores”, “excesos”: sus crímenes son su esencia y definen la naturaleza ontológica del ente ajusticiable per se, el cual, por lo tanto, como el judío para los antisemitas, sólo merece desaparecer.

Es por este paradójico motivo que, en la conciencia colectiva de la contracultura, 5,1 millones de judíos valen más que 100 millones de “fascistas”, presuntos o reales, exterminados en nombre de la utopía (=felicidad u orgasmo escatológico de las masas). Y es que los “fascistas” no sólo exterminan, tienen la constitutiva y estructural intención de exterminar, conciencia perversa que es, además, su esencia diabólica e inhumana absolutamente merecedora del máximo castigo, a saber: la anihilación pura y simple. Ésta podrá ir precedida de una lúdica tortura –pensemos en Ortega Lara- por parte de los sacerdotes del placer herederos del Marqués. Los crímenes de los fascistas son “más” crímenes y, en definitiva, los únicos crímenes, puesto que no se realizan en nombre del bien, es decir, de “la felicidad” (=orgasmo, colocón, etc.) del mayor número, sino de entidades ficticias y perversas como Alemania, la raza aria, el Estado, la ley, la civilización u otras figuras análogas inventadas por la entidad perversa "responsable" de la muerte. De manera que cuando se les asesina o extermina -a los acusados de “ser” “fascistas”-, no importa la cantidad o el sadismo, visto que la intención de matar fascistas (matafachas, ¿oi?) sería siempre litúrgicamente legítima por definición en el seno de este circulus in probando delirante e irracional.

Inmersos en semejante mundo mágico, ritual, tribal, que se resume en el dogma yo=superior, el otro=inferior, se critican, por ejemplo, las políticas denominadas de exclusión. Y sobre la base de esa crítica, se perpetrará la más radical exclusión, puesto que no depende de otro motivo que del “deseo” progre. Estamos, pues, en el puro racismo de facto, de oriudez teológico-secularizada, en aquel mundo abyecto donde los nazis negaban la validez de lo que el judío dijera por el simple hecho de ser judío y no por la incongruencia lógica o falta de fundamentación de un enunciado, mientras admitían la absurda posibilidad de una física “aria”.

La cosificación del sujeto


La contracultura ha arrastrado a la izquierda radical a un territorio apolítico fundado en la identidad grupal de mercado y, a la vez, en una conciencia petrificada, es decir, en una extrema cosificación externa a base de significantes hipostasiados intercambiables (fetiches, logos), cuyo correlato subjetivo es una interioridad meramente psicológica drenada de todo vínculo con la validez. Así, el LSD –o cualquier otra sustancia psicotrópica- es una cosa, un objeto, pero al mismo tiempo es también un estado de conciencia, un sujeto y, en tercer lugar, un valor, un rango existencial en virtud del cual uno se distingue frente a la pedestre conciencia burguesa… de papá. Significantes-fetiche por un lado (modas, objetos de consumo en el mismo plano semiótico que el famoso cocodrilo de la marca Lacoste) y significados huecos, por otro (intenciones del alma y vacuas pretensiones axiológicas), entrelazados por pautas de conducta cosificantes como el estar colocado (nexo significante-fetiche/significado-utopía hedonista). Emblemas privados de referente entitativo que se reenvían a significados ayunos de correlato real, deliberadamente alucinatorios. Meros atentados a la conciencia trascendental (la “subjetividad constituyente” teorizada por Husserl) o, en términos políticos: a la persona en cuanto fundamento jurídico de la ciudadanía. Estados de la mente desprovistos deliberadamente de todo anclaje en el principio de veracidad, sospechoso de conducir a la muerte, al "fascismo". Ahora bien, nada de esto es ya izquierda, porque la ilustración implica que los individuos y los grupos son juzgados y valorados por lo que hacen, de manera transparente, aportando pruebas y fundamentando los razonamientos morales o políticos en los principios universales de la ética, es decir, respetando el diálogo y la contradicción, remitiendo los discursos a una objetividad que, empero, ha sido expresamente extirpada del universo simbólico izquierdista.


El sistema liberal ha integrado a los radicales mediante la sociedad de consumo. Ha transformado la transparencia y luminosidad racional de la izquierda socialista originaria en opacidad empírica. La ha positivizado como grupo constituido desde la cosa (fetiche) y la sustancia cosificante (psicótropos) en el individuo rebajado a la categoría de mera psique. Ha vuelto del revés como un calcetín el proyecto ilustrado: la luz de antaño significa ahora querer estar ciego (“pillar un buen ciego”). Así, se es más progre por ostentar un pañuelo palestino o ser amigo de ETA que ejerciendo la crítica del genocidio perpetrado por los comunistas o por cualesquiera otras corrientes ideológicas "progresistas". Ya veremos el porqué: las conexiones entre la contracultura y los intereses del liberalismo.

Esta situación representa la definición misma del horror desde el punto de vista ilustrado, pero tiene un sentido en el mundo mercantil de la rebeldía de marca, reconducido a la ley de hierro económica y a los principios del mercado que los teóricos liberales han definido como hostiles a la razón “planificadora” socialista. La subcultura de la transgresión es una bomba liberal que ha destruido desde dentro la cultura de la razón en el seno de la izquierda. Hollywood ha subvertido los patrones de conducta y los valores que definen la ilustración progresista.


Hollywood, es decir, la extrema derecha judía.
 
Pero ha hecho más: ahora sabemos que alguien "es" de izquierda radical porque olemos a porro y a suciedad, porque el energúmeno, cuyo modus operandi es el de un auténtico perdonavidas, viste de una determinada manera y expresa sus odios a través de determinados mitos cinematográficos. Está muy convencido de su pertenencia al bien absoluto, se siente hiperlegitimado, no duda ni un momento de su intangible superioridad humana. El insulto, la amenaza y la agresión van uno detrás de otro en cuestión se segundos. Se considera muy transgresivo, pero precisamente por eso se pone en evidencia que el sistema de mercado, que basa sus negocios en la transgresión (=moda) para renovar constantemente el ciclo de consumo, ha hecho con este polichinela lo que ha querido. Será así idéntico a la extrema derecha en el significado, pero antifascista en el significante. De manera que, como cualquier matón skin, el guarro tiene muy buena conciencia y una fortísima convicción de su derecho a matar.
Ultraderecha y extrema izquierda, tribu skin y tribu okupa: por ahí empezamos a identificar las auténticas dimensiones de la estrategia liberal que ya entreveró Marx en su crítica del anarquismo (de este aspecto ya nos ocuparemos en su momento).


El colapso intelectual de la izquierda progre

Esta ruptura de la conciencia izquierdista entre la subjetividad vacía de las intenciones gratuitas y la cosificación estética del grupo, sólo unida por el flotante yo cosificado de la sustancia-sujeto, la droga, el éxtasis sexual o el sacrificio de la víctima del terrorismo o del totalitarismo (el “fascista”), da como resultado el colapso intelectual de la izquierda.

Tomemos como ejemplo un caso bien reciente, a saber, el de Xirinacs. Después de plantear a gente presuntamente "intelectual" y "solidaria" qué hacer con unos crímenes que como izquierdistas radicales arrastran hasta la mismísima actualidad (con el apoyo público a un individuo que se solidariza con ETA, en lugar de hacerlo con los asesinados de un tiro en la nuca) se llega a la conclusión de que la izquierda justifica para sí misma todo aquello que rechaza como fascismo siempre que provenga de otros sectores políticos

Y lo justifica de tres maneras: 1) con el apoyo y la legitimación explícitas; 2) con la justificación tácita basada en el silencio y el olvido de las víctimas sacrificadas en todo el mundo en nombre de las utopías hedonistas; 3) negando los hechos; 4) consagrando la jerga antifascista, es decir, la que se utilizó para “argumentar” el exterminio de los adversarios políticos, acusados todos ellos del elástico delito de ser “fascistas”.

Así pues, la izquierda justifica la censura, la tortura, el terrorismo, la dictadura y el genocidio, que son, a la vez, la definición que ella misma da del fascismo. Justifica todo eso cuando, en el seno del colapsado discurso progre, A pasa a ser no-A, vulnerando la norma básica de la racionalidad y abriendo así la puerta a la barbarie.

La derrota del pensamiento


Ésta es la conclusión a la que llega cualquier persona honesta después de ver cómo banalizan los izquierdistas el genocidio de 100 millones de personas (en el caso de los nazis les caerían 5 años por incitación al odio racial, pero tratándose de la izquierda el sistema lo permite y hasta lo subvenciona, véase la canonización de Carrillo); cómo, en otros casos, lo admiten y lo justifican, diciendo que es lo que “hay” que hacer con los “fascistas” (pensemos, por ejemplo, en la Associació de Tir al Feixista, cambiemos feixista por jueu y tenemos un proceso criminal, pero si es feixista se permite y hasta se fomenta en el Camp Nou mientras, al mismo tiempo, estigmatízase a un directivo por ser miembro de la Fundación Francisco Franco); cómo, en otros casos, no sólo lo legitiman y lo fomentan, sino que incluso te insultan y te amenazan con aplicarte a ti, autor del post, los rigores de la justicia revolucionaria.

ETA ha asesinado a mil personas, incluidos niños que cometieron el error de ser hijos de guardia civiles. Lo lógico sería estar, si uno es de izquierdas y cree en la justicia, del lado de las víctimas. Pero no, ellos se solidarizan con los asesinos y cuando los solidarios van a la cárcel, montan un enorme revuelo y se “manifiestan” por esa misma libertad de expresión que niegan al resto del universo. ¿Ocurre esto porque son nacionalistas? No, no nos equivoquemos, ocurre porque descienden de idéntica ralea intelectual y moral que los marxista-leninistas convictos y confesos que ellos mismos admiten ser.

Un mundo al revés: dicen estar contra las cárceles, pero allí donde llegan al poder lo primero que hacen es organizar el sistema penitenciario más grande del mundo (los gulag) y encerrar dentro a medio país.

Dicen estar a favor de la paz y hasta del “amor”, pero justifican la violencia (que ellos denominan violencia revolucionaria, un tipo especial de masacre exento de peaje moral) y todas las carnicerías contra sus adversarios políticos, incluido el exterminio en masa de inocentes.

Dicen estar contra las torturas, pero cuando pueden te montan un dispositivo de checas y el primer horno crematorio del mundo occidental (en la calle Sant Elies de la ciudad condal) destinado a eliminar los cuerpos de las víctimas, algo de una perfección tan perversa que los propios nazis se admiran y desplázanse a Barcelona a hacer cursillos (el gran maestro era Lenin, por supuesto, no Stalin, como nos quieren hacer creer para, a renglón seguido, "vendernos la moto" ideológica con aquello de que el tipejo era, “en realidad”, fascista).

Dicen estar a favor de la democracia, pero curiosamente la definen como una… dictadura, aunque, eso sí, del proletariado (=comité central del partido=secretario general del partido=yo absolutamente bueno), algo tan extraño que para entenderlo hay que transformar la mente y el alma haciendo todo tipo de contorsiones morales e intelectuales a fin de poder intuir, en un estado de delirio extático, el concepto de “verdadera democracia”, es decir, el poder absoluto de un miserable tirano. Y es que la tribu, la comuna, el grupo contracultural por un lado y la banda terrorista por otro, es lo que queda del partido en estado de descomposición drogodependiente/orgiástico tras la ruptura interna de significante y significado, sujeto y objeto, hecho y validez, con el consiguiente cortocircuito lógico-discursivo.

George Orwell, en su novela sobre la izquierda radical 1984, definió el colapso intelectual de la izquierda como “doblepensar”. Orwell dio en el clavo, fue al fondo del asunto. Así, la izquierda radical define una suerte de patente de corso del devenir histórico que permitiría:

Matar por la paz y la no violencia.

Torturar en nombre de los derechos humanos.

Censurar por mor de la libertad de expresión.

Ser solidario declarándose amigo de los verdugos e ignorando a las víctimas, niños incluidos.

Exterminar poblaciones enteras y perpetrar genocidios para evitar que “Auschwitz vuelva a repetirse".


Su mayor enemigo, y de ahí el colapso intelectual de la izquierda, es la lógica, la razón, la limpieza moral y espiritual que dice que un genocidio es un genocidio (A=A, principio de identidad y fundamento de la lógica, del pensar racional).

Algo muy simple contra lo que sólo queda el insulto, la amenaza y la censura para empezar, y el exterminio en un campo de concentración o el atentado terrorista para terminar.

Hacia el socialismo

  
Conviene advertir que esta izquierda radical no es la izquierda ilustrada originaria, ni siquiera la izquierda socialista, sino la absoluta subversión de la idea misma de progreso humano. Para nosotros, la izquierda hay que buscarla entre los trabajadores, las familias, los estudiantes, no en el mundo marginal que Marx denominaba el lumpen.

La izquierda contracultural, que de forma voluntaria perdió contacto con la realidad del pueblo ya en mayo de 1968, es un instrumento del capital financiero internacional para mantener en perpetuo estado de postración el espacio político del radicalismo socialista.

En otro documento nos referiremos a la izquierda socioliberal, burguesa o naranja, aquella que, en el mundo de la política de partidos, ha puesto los símbolos de la tradición obrera al servicio de la derecha económica. Por el momento, baste constatar un hecho obvio: que la socialdemocracia ya nada tiene que ver con el socialismo y que sus conexiones con la izquierda radical analizada en el presente texto son tan graves, que bastan para interpretar de dónde procede la gigantesca maniobra de agresión que el proletariado europeo está sufriendo en estos momentos y, sobretodo, la indefensión de los ciudadanos de nuestra patria (Europa) ante esta ofensiva capitalista, fundamentalista y neoliberal a escala mundial.
Jaume Farrerons
La Marca Hispánica
4 de marzo de 2008
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Versión modificada por motivos legales. Versión original publicada por ADECAF (www.adecaf.com) en enero de 2006 y por la revista de pensamiento "Nihil Obstat" (núm. 9) en otoño de 2007.




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