en memoria de los 800.000 soldados alemanes prisioneros exterminados por los aliados occidentales

lunes, julio 18, 2011

Retrato del antifascista en Orwell (2)

!Fascistas!

Por George Orwell

De todas las preguntas sin respuesta de nuestro tiempo, tal vez la más importante sea ésta: “¿Qué es el fascismo?”.



Una de las organizaciones de estudios sociales que hay en los Estados Unidos recientemente formuló esta pregunta a cien personas distintas, y encontró respuestas que iban desde “democracia en estado puro” a “lo diabólico en estado puro”. En Inglaterra, si se pide a una persona corriente, con capacidad de pensar, que defina el fascismo, por lo común responde señalando a los regímenes alemán e italiano. Y ésta es una respuesta insatisfactoria, porque incluso los principales Estados fascistas difieren entre sí en gran medida, tanto por estructura como por ideología.


Por ejemplo, no es fácil que Alemania y Japón encajen en un mismo marco, y es aún más difícil en el caso de algunos de los pequeños Estados que se pueden definir como fascistas. Suele darse por sentado, en efecto, que el fascismo es inherentemente belicoso, que prospera en un ambiente de histeria bélica, que sólo puede resolver sus problemas económicos mediante preparativos de guerra o mediante conquistas en el extranjero. Pero éste no es el caso, claramente, ni de Portugal ni de las diversas dictaduras sudamericanas. Asimismo, se supone que el antisemitismo es uno de los rasgos distintivos del fascismo, pero algunos movimientos fascistas no son antisemitas. Algunas polémicas eruditas, cuyo eco se escucha en las revistas norteamericanas desde hace muchísimos años, no han servido para precisar si el fascismo es o no una forma de capitalismo. Sin embargo, cuando aplicamos el término “fascismo” a Alemania, a Japón, a la Italia de Mussolini, sabemos, a grandes rasgos, a qué nos referimos. Es en la política interior donde la palabra ha perdido el último vestigio de significado que pudiera tener. Si se examina la prensa, se descubre que no hay, prácticamente, ningún conjunto de ciudadanos –ningún partido político, desde luego, y tampoco ninguna organización, de la clase que sea– que no haya sido denunciado por fascista a lo largo de los últimos diez años.


Aquí no me refiero al uso verbal del término “fascista”. Me refiero tan sólo a lo que he visto publicado. He visto las palabras “de simpatías fascistas”, o “de tendencia fascista”, o “fascista” a las claras, aplicadas con toda seriedad a los siguientes grupos:


Conservadores: todos los conservadores están sujetos a la acusación de ser subjetivamente profascistas. El gobierno británico en India y en las colonias se tiene por algo idéntico al nazismo. Las organizaciones de lo que cabría llamar tipo patriótico o tradicional se tildan de criptofascistas o de “mentalidad fascistoide”. Ejemplos de ello: los Boy Scouts, la Policía Metropolitana, el MI5, la Legión Británica. Frase clave: “Los colegios privados son caldo de cultivo del fascismo”.


Socialistas: los defensores del capitalismo a la antigua usanza defienden que el socialismo y el fascismo son una y la misma cosa. Algunos periodistas católicos sostienen que los socialistas han sido los principales colaboracionistas en los países ocupados por los nazis. La misma acusación se vierte, desde otro ángulo, por parte del Partido Comunista, en especial, durante sus fases ultraizquierdistas. Entre 1930 y 1935, el Daily Worker habitualmente se refería al Partido Laborista llamándolo Fascistas Laboristas. De ello se hacen eco otros extremistas de izquierda, como los anarquistas. Algunos nacionalistas indios consideran que los sindicatos británicos son organizaciones fascistas.

Comunistas: una escuela de pensamiento considerable se niega a reconocer que haya ninguna diferencia entre los regímenes nazi y soviético, y sostiene que todos los fascistas y todos los comunistas apuntan aproximadamente a lo mismo, y que incluso son, en cierta medida, las mismas personas. En el Times (antes de la guerra), más de un cabecilla se ha referido a la URSS como “país fascista”. Asimismo, desde otro ángulo también se hacen eco de esto los anarquistas y los trotskistas.


Trotskistas: los comunistas achacan a los trotskistas, esto es, a la propia organización de Trotsky, el ser un grupo de criptofascistas pagados por los nazis. Es algo que la izquierda, casi en bloque, creyó a pie juntillas durante el período del Frente Popular. En sus fases ultraderechistas, los comunistas tienden a aplicar esa misma acusación a todas las facciones que se hallen a la izquierda de ellos mismos.


Católicos: fuera de sus propias filas, a la Iglesia Católica se la tiene universalmente por organización protofascista, tanto objetiva como subjetivamente.


Antibelicistas: los pacifistas y otros grupos contrarios a la guerra son a menudo acusados de ponerle al Eje las cosas mucho más fáciles, e, incluso, se les adjudican sentimientos profascistas.

Partidarios de la guerra: los que se resisten a la guerra suelen fundamentar sus alegatos en que las aspiraciones del imperialismo británico son aun peores que las del nazismo, y tienden a tachar de “fascista” a todo el que sueñe con una victoria militar. Además, toda la izquierda tiende a equiparar militarismo con fascismo. Los soldados de a pie con cierta conciencia política casi siempre se refieren a sus superiores tachándolos de “fascistoides” o “fascistas por naturaleza”. Las academias, los escupitajos, el betún, el saludo a los oficiales son conductas consideradas propensas al fascismo. Antes de la guerra, sumarse a los territoriales era tenido como muestra de tendencias fascistas. El reclutamiento obligatorio y el ejército profesional son denunciados como fenómenos parafascistas.


Nacionalistas: el nacionalismo se considera de manera universal como algo inherentemente fascista, aunque esto sólo se aplica a movimientos nacionales que el orador desapruebe. El nacionalismo árabe, polaco, finlandés; el Partido del Congreso de la India, la Liga Musulmana, el sionismo y el IRA han sido descritos como movimientos fascistas, aunque no siempre por parte de ellos mismos.


Tal como se emplea, bien se ve que la palabra “fascismo” carece casi por completo de significado. En la conversación, claro está, se emplea con mayores desatinos que en letra impresa. La he oído aplicada a los agricultores, a los tenderos, al Crédito Social, al castigo físico, a la caza del zorro, a los toros, al Comité de 1922, al Comité de 1941, a Kipling, a Gandhi, a Chiang Kai-chek, a la homosexualidad, a los programas radiofónicos de Priestley, a los albergues de juventud, a la astrología, a las mujeres, a los perros y no sé a cuántas cosas más.

En todo este lío considerable subyace una suerte de significado oculto. Para empezar, está bien claro que hay diferencias grandes, algunas muy fáciles de señalar, aunque no tanto de explicar, entre los regímenes llamados fascistas y los democráticos. En segundo lugar, si “fascista” significa “en sintonía con Hitler”, algunas de las acusaciones que he enumerado antes tienen, naturalmente, mucha más justificación que otras. En tercer lugar, incluso aquellos que emplean como arma arrojadiza la palabra “fascista” sin ningún reparo, le dan un cierto sentido emocional. Al decir “fascismo” se refieren, grosso modo, a algo cruel, carente de escrúpulos, arrogante, oscurantista, antiliberal y contrario a la clase obrera.


Pero es que el fascismo también es un sistema político y económico. Así las cosas, ¿cómo es que no disponemos de una definición clara y ampliamente aceptada? Por desgracia, no la tendremos, o al menos, no de momento. Aclarar el porqué sería demasiado largo; esencialmente, se debe a que es imposible definir el fascismo satisfactoriamente sin reconocer cosas que ni los propios fascistas, ni los conservadores, ni los socialistas de ninguna adscripción están dispuestos a reconocer. Todo lo que se puede hacer es emplear la palabra con una cierta circunspección y no, como se suele hacer, rebajarla a nivel del insulto o de la palabra malsonante.

Poner al hombre frente a la verdad

Una información básica a la hora de analizar la crítica del antifascismo en Orwell como denuncia del odio y de una mera voluntad homicida (sentimientos e intenciones que, no obstante, se atribuyen habitualmente al fascismo), es la idea que el propio Orwell se hacía del fascismo. Probado progresista, no creo que nadie se atreva a acusar a Orwell de simpatías filofascistas y, sin embargo, el artículo que transcribimos íntegro (pues, a nuestro entender, merece figurar en este blog como documento fundamental) enfoca el problema en unos términos muy similares a los que nosotros hemos planteado desde que el 20 de noviembre de 2007 inauguramos la bitácora FILOSOFÍA CRÍTICA. Así, no sorprenderá tanto lo que Orwell dice como el hecho de que lo diga Orwell a pesar de que los antifascistas no dejan de manipular a este autor como si fuera uno de los suyos. Probad de colgar el texto citado sin firma e ilustrado con la foto donde  Orwell luce un hitleriano bigote de mosca en un foro anarquista y, sin dudarlo, seréis tachados inmediatamente de "fascistas", insultados, amenazados... Pero, insisto en ello, Orwell se limita a constatar algo que en el fondo ya conocemos, a saber, el vergonzante uso de la palabra fascista en una sociedad presuntamente democrática, una práctica que, en boca de los agitadores, podría explicarse, no así cuando estamos tratando con presuntos intelectuales o defensores de los derechos civiles que dicen oponerse al abuso y a la discriminación.

La frase más interesante -e inquietante- del texto de Orwell la encontramos empero al final, cuando el autor de 1984 pregunta:

¿cómo es que no disponemos de una definición clara y ampliamente aceptada? Por desgracia, no la tendremos, o al menos, no de momento. Aclarar el porqué sería demasiado largo; esencialmente, se debe a que es imposible definir el fascismo satisfactoriamente sin reconocer cosas que ni los propios fascistas, ni los conservadores, ni los socialistas de ninguna adscripción están dispuestos a reconocer.

¿Cuáles son esas cosas que, respecto del fascismo, nadie -ni los propios  fascistas- estarían dispuestos a reconocer? ¿Precisamente las que tratamos de abordar en este blog? ¿Qué es el fascismo? La pregunta del millón: se abren las apuestas. De la respuesta a dicho interrogante depende el sentido de la historia reciente de Europa y, por ende, la interpretación que hacemos de nosotros mismos como sociedad e incluso como sujetos libres lastrados por  la responsabilidad de dar una orientación u otra a nuestras vidas. Esta problemática antropológica radical pasa por plantear de forma objetiva cierta cuestión "prohibida" por el poder, léase: el fascismo. Entrecrúzanse en ella todos los enigmas de la existencia histórica que, como dice Ortega, nos constituye en nuestro ser más íntimo, porque "nosotros" somos, ante todo, entes cuya "substancia" es la historia. Orwell, como poco, lo sospechaba (no puedo asegurar hasta dónde alcanzó su reflexión en este aspecto). La cuestión sería, en suma, la pregunta por el contenido doctrinal del fascismo, o sea, por los elementos de validez racional de los que, como cualquier otro movimiento político de su envergadura, sin duda alguna también el fascismo era depositario. La historiografía oficial del sistema oligárquico hasta los años setenta del siglo pasado ha negado que pudiera siquiera hablarse de tales contenidos. El fascismo era puro oportunismo, violencia, culto personalista y rastrero a un dictador, etcétera. Pero los hechos, como se dice, son tozudos e incluso los historiadores oficiales han tenido que reconocer a la postre el carácter revolucionario y doctrinal del fenómeno fascista. Esta circunstancia ha desencadenado agrias confrontaciones entre los historiadores que, con un mínimo de dignidad profesional, han aceptado la necesidad de revisar los viejos dogmas interpretativos de la historia europea contemporánea, y aquellos otros que trabajan como meros apéndices de las autoridades oligárquicas. No pretendemos aquí que haya académicos capaces de ofrecer una imagen "positiva", en algún aspecto, de los movimientos fascistas. Nótese que hablamos de algo mucho más básico, a saber, del reconocimiento de que los fascistas actuaban también, a su manera, en función de ideas y valores. Y, añadimos nosotros, de ideas y valores de abismal calado filosófico. Dichas ideologías podrían ser consideradas repulsivas (háblase de totalitarismo, racismo, dictadura, militarismo), pero a finales del siglo pasado ya se admitía, a la postre, como poco, que el fascismo no se redujo al puro anhelo de poder de una élite de políticos profesionales sin escrúpulos. Mas ni siquiera caracterizando el fascismo en términos ideológicos de tal calaña estaban los historiadores dogmáticos satisfechos. La mera admisión de una "doctrina fascista" considerábase una traición a la democracia, al progreso, a los derechos humanos, etc., es decir, al obligado conglomerado mítico del antifascismo de posguerra. Un antifascismo cuya esencia se manifestaba, como Orwell supo ver, en brutales incitaciones al asesinato oriundas de un odio abismal, casi metafísico, que convendría también explicar si no queremos incurrir en una mitología opuesta.

Pero, ¿por qué ni siquiera los fascistas estarían dispuestos a reconocer expresamente de manera pública  y verbal -salvo, quizá, en circunstancias excepcionales- cuál era su auténtica ideología? Porque una ideología verdaderamente revolucionaria sólo lo es en la medida en que niega los valores vigentes, mas, por otro lado, como genuina revolución requiere del apoyo de las masas. El concepto de revolución entraña esta profunda contradicción: una inversión o transvaloración de todos los valores (Nietzsche) que, no obstante, debe recurrir a las grandes mayorías sociales, depositarias inerciales, precisamente, de aquéllo que se pretende erradicar de cuajo (el judeocristianismo). El fascismo utilizó el nacionalismo y la experiencia del frente (la guerra) como vehículo para instituir una axiología trágico-heroica cuyas profundas raíces filosóficas suponían una subversión axiológica de lo existente mucho más honda que cualquier revolución de carácter marxista. Poner al hombre frente a la verdad. El fascismo, empero, fracasará, convirtiéndose en un inmenso fraude. Ya veremos por qué.

Jaume Farrerons
18 de julio de 2011

AVISO LEGAL

http://nacional-revolucionario.blogspot.com.es/2013/11/aviso-legal-20-xi-2013.html

 

jueves, julio 07, 2011

Retrato del antifascista en Orwell (1)

Del miasma de sangre y cenizas emana cada vez más la densa nube del odio, que ofusca la conciencia de la humanidad en su camino ascendente hacia la solidaridad socialista.

(Rosa Luxemburg)

Conocidos son los (ab)usos que los antifascistas cometen con el escritor George Orwell, autor de fama mundial gracias a su novela de política-ficción 1984. Aquéllo que no se conoce tanto es, empero, la idea que el propio Orwell se hacía de los antifascistas. Dicha opinión quedó no obstante  inequívocamente reflejada en su obra de Coming up for air (1939), título que se traduce habitualmente como Subir a por aire. Los interesados pueden leer el original inglés en la red:


Nosotros nos limitaremos reproducir los fragmentos donde el genial Orwell retrata la repugnante figura del antifascista. Nos basamos en la versión castellana de Ediciones Destino, Subir a por aire, Barcelona, 1972, pp. 148 y ss. El protagonista de la novela asiste a una conferencia impartida por un "antifascista profesional":

Tenía la cara pálida, los labios móviles y la voz cascada de las personas que hablan mucho. Como es lógico, hablaba de Hitler y los nazis. Yo no tenía demasiadas ganas de escucharle -el News Chronicle traía las mismas cosas cada mañana-, pero su voz me llegaba como una especie de br-br-br, y de vez en cuando una frase aislada captaba mi atención.

- ...bestiales atrocidades... odiosas manifestaciones de sadismo... porras de goma... campos de concentración... vergonzosa persecución de los judíos... oscurantismo... civilización europea... actuar antes de que sea demasiado tarde... indignación de todos los pueblos civilizados... alianza de las naciones democráticas... actitud firme... defensa de la democracia... democracia... fascismo... democracia...

Ya conocen ustedes el disco. Estos tipos pueden hacerlo durar horas y horas. Es igual que un gramófono. Se da vuelta a la manivela, se aprieta el botón y se pone en marcha: democracia, fascismo, democracia... Pero en cierta manera me interesaba observarle. Un hombrecito de aspecto insignificante, de cara pálida y cabeza calva, sentado en un estrado soltando consignas. ¿Qué está haciendo? De manera totalmente abierta y deliberada, está suscitando odio. Está haciendo todo lo que puede para hacernos odiar a unos extranjeros llamados fascistas. Qué raro, pensé, ser conocido como "el señor Fulano, el conocido antifascista". Extraña profesión, el antifascismo. Me imagino que este hombre se gana la vida escribiendo libros contra Hitler. Pero ¿qué hacía antes de que Hitler subiese al poder? ¿Y qué hará si Hitler desaparece algún día? Claro que la misma pregunta se puede hacer hablando de los médicos, los detectives, los cazarratas, etcétera. La voz cascada seguía sonando, y me di cuenta de una cosa. Hablaba con convencimiento. No estaba fingiendo en absoluto; sentía cada una de las palabras que pronunciaba. Estaba tratando de despertar odio en el auditorio, pero aquello no era nada comparado con el odio que sentía él mismo. Cada consigna era el evangelio para él. Si se le abría en canal, todo lo que se encontraría dentro sería democracia-fascismo-democracia. Debe de ser interesante conocer a un individuo así en la vida privada. Pero ¿tiene vida privada? ¿O se dedica sólo a ir de estrado en estrado levantando odio? Quizá incluso sueña con consignas. (...)

El antifascista profesional Esteban Ibarra,  presidente del
Movimiento contra la Intolerancia
El conferenciante había cogido una hoja de papel de debajo del vaso y estaba leyendo estadísticas de suicidios en Alemania. (...) El conferenciante explicaba cómo los  nazis decapitan a la gente por traición, y cómo a veces el verdugo falla el golpe. (...) Era una voz que parecía capaz de seguir sin detenerse durante quince días. Realmente, es horrible tener delante una especie de organillo humano que le lanza a uno un interminable chorro de propaganda. Las mismas cosas una y otra vez. Odio, odio, odio. Unámonos todos y odiemos a fondo. Una y otra vez. Le da a uno la sensación de que tiene dentro del cráneo algo que le está martilleando el cerebro. Pero, por el momento, mientras tenía los ojos cerrados, conseguí invertir la situación. Me metí yo dentro de su cráneo. Fue una sensación muy curiosa. Durante un segundo, más o menos, estuve dentro de él, casi se puede decir que "fui" él. Como mínimo, sentí como él.

Vi las cosas que él veía. Y no eran en absoluto cosas agradables de contar. Lo que decía era simplemente que Hitler venía a por nosotros y que teníamos que unirnos y odiar bien a fondo todos juntos. No entraba en detalles. La cosa quedaba respetable. Pero lo que veía era algo muy diferente. Era una imagen de sí mismo aplastando caras de gente con una llave inglesa. Caras de fascistas, claro. Yo sabía que era aquello lo que estaba viendo. Era lo que yo mismo vi durante los dos segundos que estuve dentro de él. !Plaf! !En plena cara! Los huesos ceden como una cáscara de huevo, y lo que hace un momento era una cara ya no es más que una masa de confitura de fresa. !Plaf! !Otro! Esto es lo que tenía en la cabeza, despierto y dormido. Y cuanto más pensaba en ello, más le gustaba. Y no pasaba nada, porque las caras aplastadas eran caras de fascistas. Esto era lo que expresaba su voz.

"Tenía la cara pálida..." (Orwell)
Como sabemos, en nuestra legislación se han tipificado los llamados "delitos de odio". Curiosamente, dichas penalizaciones, que pueden llevar a la cárcel al así imputado por las autoridades "democráticas", excluyen el fomento del odio hacia determinadas ideologías, etnias o grupos profesionales, contra los cuales no se ha dejado de atizar la animadversión, con el resultado de millones de víctimas desde los años 30 del siglo pasado hasta los bien recientes "tiros en la nuca" perpetrados por la banda terrorista ETA: "escúchenlo cerdos fascistas, españoles de mierda". No sólo la red, la literatura, el cine, la prensa, están repletas de instigaciones a asesinar a determinados sectores de la sociedad: la propia legislación "contra el odio" es ya una expresión del terrorismo antifascista basada, precisamente, en el odio, y representa su culminación natural, que encarnara antaño la figura del famoso fiscal soviético Vichinsky como la encarna hoy el no menos famoso fiscal Aguilar.
 
Las esposas, para humillar a la víctima,
"peligroso" librero
Según ya demostré en mi ensayo "La criminalización del fascismo", el fenómeno antifascista, la identificación del fascismo con el "demonio" y, por tanto, la justificación argumental y razonada del asesinato de "fascistas", comienza mucho antes de que pueda hablarse de cosas tales como Auschwitz. De hecho, podría afirmarse incluso que la Shoah será, de alguna manera, la consecuencia del antifascismo, nunca su causa. En Auschwitz se consuma históricamente el proyecto de criminalización del fascismo. La narración del holocausto, en lo que tiene de cierta, refleja el efecto "rebote", la gigantesca profecía autocumplida (self fulfilling prophecy), del antifascismo, y constituye, como he acreditado en esta bitácora y otras publicaciones, un hecho de carácter siempre reactivo, desencadenado, al final de la Segunda Guerra Mundial, por las atrocidades que los antifascistas cometen contra todos aquellos ("derechistas", "burgueses", "capitalistas", "reaccionarios", "explotadores", creyentes, hunos, teutones: "fascistas", en suma) a quienes privaron desde el principio de su condición humana. Y en lo que tiene de pura invención, la ideología de "el Holocausto" viene a corroborar los tópicos propagandísticos que el antifascismo había decretado desde mucho antes de que el primer militante fascista desenfundara su pistola para defenderse en la calle de la agresión comunista, a saber, que el fascismo es el "mal absoluto". Las masacres comunistas en los Países Bálticos, perfectamente documentadas después de que los bolcheviques fracasaran en su intento de anexionarse esas regiones y dejaran tras de sí un espantoso reguero de salvajadas son, sin duda alguna, el origen de la "reacción" fascista, que responde, entre los ex militares de los Freikorps en las zonas atacadas por los rojos, a la brutal violencia de odio oriunda de los propios rojos, y no a la inversa.

Orígenes de la conciencia fascista

Los bolcheviques intentaron conquistar Estonia en tres ocasiones, a saber, en 1917, 1918 y 1924. La primera vez vieron frustradas sus pretensiones por la presencia de un cuerpo expedicionario alemán que los puso en fuga. Pero el triste final de la Gran Guerra obligó a los alemanes a abandonar el país en noviembre de 1918, circunstancia que los comunistas aprovecharon para realizar su segunda intentona. Esta vez fueron los propios estonios quienes tuvieron que liberar por su cuenta el territorio. Estonia se declaró independiente el 2 de febrero de 1920. El Partido Comunista Estonio intentó entonces un golpe de Estado con fecha de 1 de diciembre de 1924, pero fracasó. La ocupación bolchevique de parte de Estonia durante unos meses en distintas ocasiones puso empero en evidencia, por primera vez, ante los ojos de Europa y del mundo, la espantosa verdad del comunismo, un proyecto político basado precisamente en el odio tal como Orwell lo describe:

"Era una imagen de sí mismo aplastando
caras de gente con una llave inglesa.
Caras de fascistas, claro." (Orwell).
En la imagen, un lituano objeto
de la típica brutalidad bolchevique.
Los bolcheviques se habían dedicado a realizar matanzas en las localidades que habían ocupado: el 14 de enero de 1920, en Tartu, la víspera de su retirada, asesinaron a 250 personas, y más de 1.000 en el distrito de Rakvere. Durante la liberación de Wesenberg, llevada a cabo el 17 de enero, se abrieron tres fosas, en las que fueron encontrados 86 cadáveres. Los rehenes fusilados el 26 de noviembre en Dorpad habían sido torturados, les habían roto los brazos y las piernas, y algunos tenían los ojos arrancados. El 14 de enero, justo antes de su huida, los bolcheviques sólo tuvieron tiempo de ejecutar a 20 personas, entre ellas el arzobispo Platón, de las 200 que tenían prisioneras. Asesinadas a hachazos y garrotazos -se encontró un oficial con las charreteras clavadas en el cuerpo-, las víctimas resultaban difícilmente identificables (Courtois, S., El libro negro del comunismo, Barcelona, Planeta, 1998, p. 316).

Por aquel entonces el fascismo no existía. El fascismo no podía ser utilizado como coartada para "justificar" la violencia roja. Más bien, a la inversa, era la violencia roja la que "fabricaba" el fascismo y luego legitimaba la existencia del antifascismo basándose en la maldad absoluta (=sadismo, bestiales atrocidades, campos de concentración) imputada a aquél. Los crímenes de masas descubiertos a posteriori en Estonia y en otros lugares de Polonia y el Báltico controlados temporalmente por el Ejército Rojo son poca cosa comparados con lo que sabemos hoy del gulag, pero resultaron suficientes para generar alarma en Europa occidental y singularmente Alemania e Italia, donde los rojos aspiraban a hacerse con el poder e incluso realizaron, como sabemos, serios amagos revolucionarios en este sentido (Baviera, Hungría...).

"Odiosas manifestaciones de sadismo".
Oficial polaco empalado en Orsha
por los bolcheviques, 1918.

La realidad del bolchevismo era perfectamente conocida después de que se publicaran obras como El terror rojo en Rusia (1924), del ruso Sergei Melgunov, un documento sobre cuya exactitud y rigor no caben dudas serias en la actualidad. Conviene subrayar el papel de los alemanes bálticos en el surgimiento del nacionalsocialismo alemán: su experiencia del horror comunista fue el revulsivo de lo que podríamos denominar "la toma de conciencia fascista" en Alemania. Un caso ejemplar es el de Max Erwin von Scheubner-Richter, quien regresa a Riga (Letonia) desde Turquía, donde conociera el genocidio turco de los armenios, para encontrarse con que "todos los alemanes de la región fueron declarados fuera de la ley por los bolcheviques locales y por los que llegaban de Rusia, haciendo de ellos objeto de una política de exterminio" (Nolte, E., La guerra civil europea, 1917-1945, México, FCE, 2001, p. 134). En este punto entramos en el terreno del genocidio, es decir, del asesinato de masas por razón de etnia, pero perpetrado por bolcheviques (léase: por los "inminentes" antifascistas) de solapado sesgo identitario. El hecho de que la mayor parte de los cuadros dirigentes comunistas se nutriera en Rusia de judíos y asesinara de manera sistemática a los alemanes bálticos, un estrato social culto y acomodado, sería un factor determinante en la génesis de la ideología nazi. Como sabemos, junto con Dietrich Ekhart y el también báltico Alfred Rosenberg, Von Scheubner-Richter sería uno de los pocos doctrinarios nacionalsocialistas respetados por Adolf Hitler.

Algunos antifascistas me preguntan cómo se explicaría mi preocupación por la tortura en las prisiones catalanas, siendo así que soy sólo un (cerdo) "fascista", además de un (puto) "carcelero". Mi respuesta será siempre la siguiente: precisamente en tanto que "fascista" sabedor de cuál fue el trazo original de la conciencia fascista, es decir, el asombro frente al horror y la crueldad del bolchevismo proyectando su sombría venganza sobre Europa. Véase, en este sentido, el Völkische Beobachter de 19 de julio de 1922:

¿Queréis esperar hasta ver colgados de los postes de luz a miles de alemanes en todas las ciudades? ¿Queréis esperar a que, como en Rusia, una comisión bolchevique asesina entre en acción en todas las ciudades y despache a la eternidad, por "contrarrevolucionarios", a todos los que no quieren someterse a la dictadura? ¿Queréis tener que tropezar, como en Moscú y Petersburgo, con los cadáveres de vuestras mujeres e hijos, a los cuales hay que matar por ser los "reproductores de la burguesía"? "No", gritaréis. Y no obstante os decimos: todo esto se llevará a cabo de manera tan metódica como en Rusia si no os dais cuenta que, para vivir, hay que luchar ahora.

¿Mentían aquí los nazis? !No! Pues aunque en nuestros días pueda resultar chocante, aquello que se plantea el fascista originario es la posibilidad de cumplir las ya insoslayables exigencias de una revolución social sin incurrir en la barbarie; la pretensión de una revolución "disciplinada" que salvaguarde las identidades nacionales y culturales, así como las instituciones de la civilización occidental frente a aquéllo que se percibe como una regresión histórica de dimensiones planetarias, define el fascismoRudolf Hess criticando los excesos de las SA:

La Revolución judeo-liberal de Francia nadó en la sangre de la guillotina. La Revolución judeo-bolchevique de Rusia resuena con los millones de gritos lanzados desde los sótanos de tortura de la cheka. Ninguna revolución del mundo se ha llevado a cabo de forma tan disciplinada como la nacionalsocialista (...) Sepan todos que estamos lejos de tratar con indulgencia al enemigo. Sepan que cada asesinato de un nacionalsocialista cometido por comunistas o marxistas será vengado por nosotros en diez líderes comunistas o marxistas (...) Sin embargo, cada nacionalsocialista también debe ser consciente de que los maltratos a los adversarios corresponden a costumbres judeo-bolcheviques y que son indignos del nacionalsocialismo (Nolte, E., op. cit., p. 64).

La conciencia fascista no se limita a rechazar asqueada las atrocidades de los bolcheviques, sino que analiza su causa, disecciona en el interior del discurso humanista de la felicidad y el progreso los ocultos resortes que desencadenan el exterminio. Un ejemplo de este temprano análisis lo tenemos en autores prefascistas como Sorel, lectores de Nietzsche que han desarrollado una rigurosa desconfianza hacia las criminales promesas de los mercachifles del "paraíso social":

Todo por un "paraíso social" ya inminente:
odio sin límites a quienes
estorben la soteriología secularizada.
Hungría, 1919
Podría realizarse una hermosa compilación de repelentes sentencias políticas, sólo con compulsar la Histoire socialiste de Jaurès; no he tenido la paciencia de leerme las 1.824 páginas dedicadas a relatar la Revolución entre el 10 de agosto de 1792 y la caída de Robespierre; no he hecho más que hojear ese pesadísimo libraco, y he visto que en él se hallaban mezcladas una filosofía digna a veces de Pantalon, y una política de abastecedor de la guillotina. Me había parecido, desde hace tiempo, que Jaurès sería capaz de cualquier ferocidad contra los vencidos; he reconocido que no me equivoqué; pero nunca hubiera creído que fuese capaz de tanta bajeza: para él, el vencido siempre tiene la culpa, y la victoria fascina de tal modo a nuestro gran defensor de la justicia eterna, que está dispuesto a dar su aprobación a todas las proscripciones que le exijan; dice que "las revoluciones le piden al hombre el más espantoso sacrificio, no sólo de su reposo, no sólo de su vida, sino de la inmediata ternura humana y de la compasión". ¿Para qué haber escrito tanto acerca de la inhumanidad de los verdugos de Dreyfus? También ellos sacrificaban "la inmediata ternura humana" en aras de lo que les parecía ser la salvación de la patria (Sorel, G., Reflexiones sobre la violencia, Madrid, Alianza, 2005, p. 166).

Así, el fascismo (y éste será el motivo de su eterna incomprensión) condenará el bestialismo revolucionario pseudo marxista, pero sin apelar al mismo lenguaje que lo provoca, es decir, erigiendo frente a un hedonismo y eudemonismo del terror rojo amparado incluso en la "ternura humana" -epítome de la indignidad del torturador- otro concepto de revolución inspirado en valores alternativos de carácter "pesimista", siendo así que será precisamente "la utopía", la profecía del inminente "reino de Dios" la que enloquezca a las masas y justifique todos los crímenes del Estado moderno. Mensaje del genuino fascismo: rechazar la jerga del humanitarismo progresista en tanto que se pretenda salvaguardar la civilización. Ahora bien, esta exigencia ideológica primordial ha sido silenciada y, con ello, se malinterpreta, en algunos casos de mala fe, el significado del propio fascismo, de manera que la máquina de matar antifascista ha podido seguir funcionando hasta el día de hoy con total impunidad. Un segundo fragmento de Sorel:

Kiev, 1919
Cuanto más fácilmente crean los electores en las fuerzas mágicas del Estado, más dispuestos estarán a votar por el candidato que promete maravillas; en la lucha electoral hay una incesante puja: para que los candidatos socialistas puedan llevarse por delante a los radicales, es preciso que los electores sean capaces de aceptar todas las esperanzas; por ello, nuestros políticos socialistas se guardan mucho de combatir de manera eficaz la utopía de la felicidad facilona (Sorel, G., op. cit., p. 183). 

Hete aquí los orígenes filosóficos de la singular conciencia fascista, de la misma manera que más arriba hemos ilustrado fugazmente sus inmediatos orígenes políticos.  Ahora bien, si se ha leído bien, precisamente la negación y condena del odio de clases es el centro del planteamiento social-patriótico, mientras que para los antifascistas se trataría, precisamente, de atizar ese odio hasta desembocar en el más abyecto sadismo. Ni que decir tiene que, en su desarrollo histórico, el fascismo no estaría, ni mucho menos, a la altura de sus ideales. El suyo no es un caso aislado por lo que respecta a las doctrinas políticas. Pero hay que juzgar el fascismo desde los propios cánones axiológicos fascistas y no desde la hipocresía asesina del humanitarismo antifascista.

Nota:

Sobre los mecanismos psico-sociales de la progresía considerada como grupo tribal, a los que alude Jackobs con toda la razón, debo decir que no me ocupo aquí de ellos por los motivos expuestos en los comentarios; no obstante, en este link se pueden encontrar algunas de mis consideraciones sobre el tema. Dado que no soy psicólogo ni sociólogo, sino filósofo, no he ido más allá  del mero esbozo o encuadre de la cuestión. Intenté responder a esta pregunta: ¿cómo puede hacer el hombre para robar, torturar, asesinar, exterminar a otras personas y, no obstante, seguir sintiéndose "bueno" e incluso "el más bueno"? Muy sencillo: ejerciendo de antifascista, tarea que incluye la fabricación de los "fascistas" (=seres deshumanizados, demonios, monstruos), aquellos a quienes podrá liquidar en nombre del "amor", la "felicidad", etc. Si ya han vomitado, pueden seguir leyendo.

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viernes, julio 01, 2011

El problema cultural del fascismo (2)

Portada de un ejemplar de la obra referenciada.


Incurriendo en aquéllo que un "político" habitualmente se prohíbe a sí mismo, Mussolini atrévese empero a proclamar "la verdad" entre finales de 1919 y principios de 1920. Emerge torrencialmente entonces una "racionalidad de los fines" emanada de las entrañas de la vida, a saber, la verdad de la finitud, el motto oculto de la pauta de conducta trágico-heroica nacional-revolucionaria o "fascista". Heidegger sistematizará dicha verdad, le otorgará estatuto filosófico racional. Nosotros la devolvemos,  transfigurada por el concepto pero fiel en lo esencial, a las arcas ideológicas del "fascismo", ese ente maldito que sigue espiritualmente vivo bajo los escombros de una derrota meramente militar, nunca política ni, mucho menos, pese a las calumnias, doctrinal.

En relación con la siguiente entrada:


Algunos usuarios nos preguntaron por el origen de unas citas cuya fuente habíamos poco menos que olvidado. Se trata de unas declaraciones de Mussolini en las que el Duce manifiéstase equidistante de las posiciones cristianas y comunistas, agrupándolas ambas bajo el concepto de los fabricantes de paraísos. Pues bien, hemos recuperado, sólo para satisfacer a quienes nos preguntaron en su momento (veánse comentarios a la entrada citada), la obra en cuestión y transcribimos íntegramente lo que allí se dice con la datación correspondiente:

Benito Mussolini, Il Popolo d'Italia, 12 de diciembre de 1919:

Nosotros, que detestamos profundamente todos los cristianismos, tanto el de Jesús como el de Marx, sentimos una extraordinaria simpatía por el nuevo incremento  que toma, en la vida moderna, el culto pagano de la fuerza y del valor... !Basta ya, teólogos rojos y negros de todas las iglesias, de astutas y falsas promesas de un paraíso que no llegará jamás! !Basta ya, ridículos salvadores de un género humano que se ríe de vuestras infalibles recetas para alcanzar la felicidad! Dejad el camino libre a las fuerzas elementales del individuo, pues no existe otra realidad humana que el individuo.

Y en el mismo diario, el 1º de enero de 1920:

Navigare necesse est... contra los demás, contra nosotros mismos... Nosotros hemos destrozado todas las verdades reveladas, hemos escupido sobre todos los dogmas, hemos rechazado todos los paraísos, hemos ridiculizado a todos los charlatanes -blancos, negros y rojos- que ponen en venta las drogas milagrosas para proporcionar la "felicidad" al género humano. No creemos en los programas, en los esquemas, en los santos, en los apóstoles; sobre todo, no creemos en la felicidad, en la salvación, en la tierra prometida... Volvamos al individuo. Nosotros apoyamos todo lo que exalta y engrandece al individuo, todo lo que le da mayor bienestar, libertad y una mayor independencia; combatimos todo lo que deprime y mortifica al individuo. En la actualidad hay dos religiones que se disputan el dominio sobre el individuo y sobre el mundo: la negra y la roja; las encíclicas provienen, hoy, de dos Vaticanos, el de Roma y el de Moscú. Nosotros somos los herejes de esas dos religiones.

Angelo Tasca
Ambas citas provienen de Angelo Tasca, El nacimiento del fascismo, Barcelona, Ariel, 1969, pp. 48-49.

Sorprende la tosca manera que tiene Mussolini -un político, no un filósofo- de apelar a la idea nietzscheana del Übermensch. Nosotros no podemos convalidar, desde el punto filosófico, después de haber leído a Heidegger, todo lo que Mussolini parece querer proclamar. Pero los fragmentos citados sí son inequívocos en lo que respecta a una polémica cuestión: la voluntad  fascista de ruptura con el cristianismo en sus dos formas, religiosa y secularizada, que el dirigente fundador asocia a la "felicidad" y al "paraíso" como valores supremos de la existencia humana. En su lugar, se reclama Mussolini de una doctrina de libertad que nada tiene que ver con el liberalismo. ¿Mintió Mussolini en unos momentos de desesperación (fracaso electoral) en los que va a iniciar el curso del fatal "giro a la derecha" del año 1920? Es como si Mussolini quisiera dejar testimonio de su verdadera ideología sin concesiones al marketing electoral antes de sumergirse en la maniobra que desdibujará para siempre la imagen del fascismo como doctrina revolucionaria y que marchará, paradójicamente,  en dirección contraria de lo proclamado, a saber: hacia el alevoso entendimiento con la burguesía. Esta traición traerá consigo, a su vez, el pacto vaticano y monárquico, o sea, la adulteración total del proyecto fascista en beneficio de un "individuo" (el propio Mussolini) que en cuanto político profesional lo único que pretende es alcanzar el poder a cualquier precio. No obstante lo cual, como veremos, incluso después de la derechización, intentará Mussolini preservar elementos esenciales de la postura revolucionaria y, por ende, de izquierdas, que seguían latiendo en su corazón -no tan oportunista como se ha dicho- una vez consumado el fraude estratégico.

Conviene recordar que Tasca, miembro destacado del PSI, es un adversario político de Mussolini; sus descripciones del dirigente fascista están marcadas por un odio personalísimo muy difícil de disimular. No obstante, los citados son párrafos literales. Veamos ahora el comentario de Angelo Tasca sobre mismos:

(...) Mussolini es víctima de una especie de exasperación "ideológica". Teoriza sobre su propia soledad con una mezcla de amargura, desespero y orgullo. Se confiesa en voz alta, libre por unos instantes de toda preocupación inmediata, pues hay que empezarlo todo otra vez y el nuevo camino se presenta largo y escabroso.

Reedición del calumnioso
libro de Tasca
Tasca se contradice aquí, pues, según su tesis, Mussolini carece de ideología. Mussolini es mussoliniano y nada más. Ahora bien, incluso un libro claramente hostil deja filtrarse, en un momento de descuido, la realidad rechazada: el trasfondo filosófico de las pautas de conducta de Mussolini, quien sólo desprecia los programas a efectos de mejor plasmar los valores. En suma, Mussolini, por un momento, deja de ser y de actuar en tanto que político para proclamar en voz alta la verdad, la esencia del fascismo. Habla en calidad de ideólogo. Su hostilidad doctrinal hacia la derecha (cristianismo) es quizá mayor que la que le opone al comunismo, siendo así que agrupa nietzscheanamente a ambos conceptos bajo la categoría religiosa, no bajo la política. Es decir: no caracteriza a los cristianos como "comunistas de la antigüedad", que es lo que haría quizá un derechista, sino a los comunistas como cristianos de la modernidad. Tómese nota, pues, de este factum a la hora de interpretar el fenómeno fascista como un simple subproducto de la "extrema derecha". Y quienes han de imbuirse de la idea son, en primer lugar, todos los presuntos "patriotas" que están militando en el campo ultraderechista cristiano y, por ende, lo quieran o no, lo sepan o no, en la órbita del cosmopolitismo capitalista cuyo sustrato humano e institucional el judeocristianismo se ha limitado a abonar a lo largo de diez siglos.

Jaume Farrerons
La Marca Hispànica
1º de julio de 2011

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