en memoria de los 800.000 soldados alemanes prisioneros exterminados por los aliados occidentales

miércoles, abril 08, 2015

¿Qué piensa la oligarquía? (3)

Este mes de abril se cumplen 40 años de la derrota oligárquica frente a las fuerzas nacional-revolucionarias en la guerra del Vietnam.
En abril de 1975 las fuerzas nacional-revolucionarias vietnamitas (formadas por el Vietcong y el ejército regular de Vietnam del Norte), iniciaron su ofensiva final contra los restos humillados y derrotados de las tropas oligárquicas (estadounidenses y mercenarios) hasta conseguir el triunfo final del pueblo trabajador de Vietnam. El dispositivo militar más poderoso del mundo había sido así vencido por la "nación proletaria" (la comunidad del pueblo, el Dasein de Heidegger) en armas. Los hechos constituyen la mayor gloria del nacionalismo revolucionario, si no la única, después de la Segunda Guerra Mundial. No fue jamás, en efecto, la guerra del Vietnam, una vana pugna periférica entre las "democracias" (capitalistas) y el las "tiranías" (comunistas), según difundiera a la sazón la propaganda oligárquica occidental, por mucho que el conflicto muestre, como no podía ser de otra manera, una inevitable relación con el contexto general de la Guerra Fría. Para quienes pretenden desconocer, por incognoscible o banal, aquéllo que signifique el concepto de lo NR, o aquéllos otros, ideólogos de extrema derecha, que confúndenlo con abyecciones como la obra del escritor reaccionario Julius Evola,Vietnam tiene mucho, por motivos obvios, que enseñarles.
Dentro de nuestro programa teórico de definir el nacionalismo revolucionario en dos niveles, a saber, como pensamiento e ideología, por una parte, y como método para la interpretación de la historia y de los fenómenos políticos, por otra, es también la guerra del Vietnam un tema privilegiado de reflexión y una fuente inagotable de energías morales e intelectuales. Urge hoy repensar Vietnam, porque los EEUU han conseguido, una vez más y como ya lo hicieran en el caso del exterminio de los indios nativos norteamericanos, la esclavitud negra, la anexión de México y el uso de la bomba atómica contra civiles (entre otras decenas de crímenes de lesa humanidad), eludir sus inmensas responsabilidades políticas, de manera que, después de 1975, esta máquina de exterminio que es el complejo Washington/Wall Street/Hollywood/Israel, ha podido seguir presentándose ante la opinión pública como guardián mundial de los derechos humanos y las libertades democráticas. Emprendiendo de tal suerte, los EEUU, nuevas actuaciones genocidas en todo el planeta hasta la actualidad. La más reciente masacre yanqui de grandes dimensiones ha sido la guerra de Irak y, de nuevo, contra un adversario nacional-revolucionario (aunque, en este caso, hay que admitirlo sin empacho, derrotado como consecuencia de la propia corrupción del régimen, que no fue capaz de recabar apoyo alguno entre la población trabajadora).
El punto de partida de todo verdadero pensamiento crítico, disidente o alternativo es un factum que conviene elevar a concepto y hacer transparente en el marco de la pública racionalidad científica y filosófica: los adversarios reales que, más allá de la retórica periodística, se enfrentan en el mundo contemporáneo son, de un lado, la oligarquía (occidental: EEUU/Israel/GB) y, de otro, los pueblos, las naciones, ya se trate de los nacionalismos negros en EEUU (Malcolm X), ya de los nacionalismos árabes (baasismo, naserismo...), asiáticos (Vietnam, Corea, China), sudamericanos (peronismo, chavismo) o europeos (comunismos o fascismos en mayor o menor medida). Es menester elegir bando. No existen terceras vías ni izquierdas "no revolucionarias". Unas tales "izquierdas" se resuelven a la postre como derechas encubiertas o disfrazadas; y toda derecha, a su vez, excepto una, la sionista, ha devenido apátrida e inexorablemente traidora a su propio puebloEn otros términos: sólo aquellas naciones y nacionalismos vinculados a una resistencia contra los grandes poderes económicos capitalistas, a saber, los nacionalismos revolucionarios que rechazan someterse a los dictados de la alta finanza internacional, y no los "nacionalismos" sin más (véase el "nacionalismo" catalán de Jordi Pujol como ejemplo palmario), pueden considerarse antagónicas al "modelo occidental" oligárquico. Otro tanto cabe afirmar con respecto al comunismo. Tanto los fascismos derechizados por exceso del componente meramente nacionalista (liberal-burgués, racista, xenófobo), cuanto los comunismos de estricta observancia marxista-leninista dogmática por exceso del componente utópico-profético, cosmopolita, "internacionalista" o "mundialista" (en el fondo también burgués y religioso-secularizado), terminan agrediendo al pueblo de la nación (el propio o el ajeno) y abortando, por ende, la revolución misma en un auténtico baño de sangre ("Auschwitz", gulag). Únicamente si podemos aislar el elemento "nacional-revolucionario" estricto, que incluye su propio e insoslayable factor democrático, en el seno de cada revolución nacional, estaremos en condiciones de comprender las causas de los éxitos y de los fracasos en las luchas de liberación de los pueblos contra el enemigo común de la humanidad, a saber, contra la oligarquía sionista.

Continuación de:

http://nacional-revolucionario.blogspot.com.es/2014/05/que-piensa-la-oligarquia.html

http://nacional-revolucionario.blogspot.com.es/2015/03/que-piensa-la-oligarquia-2_24.html
(Esta entrada se encuentra en proceso de redacción. Continuará).
Jaume Farrerons

jueves, abril 02, 2015

El destino de los mortales

Comprendieron la verdad.
"La existencia propia del hombre histórico significa: ser puesto como brecha en la que irrumpe y aparece la superioridad del poder del ser, para que esta brecha misma se quiebre bajo el ser." (1935)
(Martin Heidegger, Introducción a la metafísica, Barcelona, Gedisa, 1993, p. 149)

En su libro La insuficiencia del discurso racional (2009), meritorio pero inaceptable intento de fundamentación del eudemonismo del bienestar, la salvación del alma, la felicidad y el amor -en suma, una recuperación del platonismo-cristianismo-, Laureano Luna confiesa lo siguiente:
 
"la experiencia de la suprema identidad me otorgó una perspectiva de la que carecía antes: esa perspectiva me permitió comprender el error fundacional de la ideología moderna" (p. 281).
• "la primera de la experiencias de la suprema identidad se prolongó durante seis o siete horas" (p. 280).
• "La experiencia de la suprema identidad va acompañada de un sentimiento de amor universal y de serena felicidad. Como he dicho, el miedo a la muerte se desvanece por completo" (p. 279).
• "cuando el individuo mira hacia su muerte, ya no es capaz de seguir anticipando, más allá de ese acontecimiento, el curso futuro de su flujo de conciencia: la anticipación choca ahí con un muro. Entonces ese yo que tenía como función soportar la síntesis del flujo temporal de conciencia percibe la amenaza incomprensible e insoportable de la extinción" (p. 278)
• "la autoconciencia correcta es una experiencia mística" (p. 274).
• "Entre el invierno y la primavera de 1982 tuve dos experiencias de la suprema identidad" (p. 271).
• "probablemente también lo mismo significa amada en el amado transformada en la Noche Oscura de San Juan de la Cruz" (p. 270).
Hace tiempo que ciertos presuntos "fascistas", es decir, quizá los fascistas de verdad, somos extraños, no ya a lo que el sistema oligárquico afirma sobre nosotros, sino a aquéllo que la propia extrema derecha considera que define la propia identidad fascista.
 
Humanes y mortales
 
Reivindicar en serio la verdad supone siempre, tarde o temprano, la ruina. Véase Sócrates. Y al final, moriremos. La postrera "hora de la verdad" -así se refiere a la muerte el lenguaje popular- llegará antes o después y sólo nos quedará la dignidad de haber cumplido con nuestro deber. Nada más. Pero, si esto resulta demasiado sobrio, siempre podemos cloroformizarnos con utopías, estados místicos, substancias estupefacientes o fanatismos soteriológicos.
Ahora bien, es en el contexto de la ruina, y sólo de la ruina (Heidegger habla del carácter ruinante de la existencia), que puede aparecer algo así como la "ética" y el "heroísmo". Por ejemplo, siempre nos toparemos con los humanes, dondequiera que vayamos. En todos los campos, ellos son legión, siempre más y más y más, como los rusos en el frente del Este. Y no pensemos equivocadamente que todos ellos serían simples idiotas o brutos. La metafísica de los humanes comienza con Platón. Los más grandes filósofos han sido metafísicos, porque al final han claudicado ante Dios, la felicidad y el amor (o cualquiera de los ídolos que erigen para combatir la angustia mortal, exactamente como hace Luna, quien intelectualmente hablando es un genio, no lo olvidemos). Ahora bien, la verdad de la muerte no da poder y a la sazón, pero todavía mucho más en nuestros días, los humanes han tratado siempre de promover lo útil y práctico en la vida, de ser "positivos", de pensar incluso en cosas "bonitas" a fin de no perjudicar la salud... Y eso se convirtió en filosofía justamente en los EEUU. Léase William James. ¿En qué puede consistir, empero, a la postre, esa "utilidad"? En el triunfo del individuo frente a aquéllo que niega sus deseos, placeres y pulsiones. Y el impulso más básico es el de vivir. Habría que negar la muerte, habría que intoxicarse con la mentira, hasta la borrachera filosófica y política (proyectos escatológicos) para evitar experimentar la desmesurada realidad -la finitud- que tenemos delante de nuestras propias narices, una verdad que, sugiere Heidegger, nosotros mismos somos. A ello se inclinan precisamente las personalidades más destacadas, más brillantes, más pagadas de su "individualidad": un yo que se quiere inmortal porque no puede aceptar la "derrota" que representa, para el ego y la narcisista "conciencia de sí", el factum trascendental de la muerte.
 
Nada tiene de casual que la existencia conlleve la “ruina"; reclámala, antes bien, la verdad misma. Esta lucha (Kampf) no tiene fin, su sentido es hacer aparecer el acto ético como tal: que la realización del deber, a saber, lo más alto, sea posible. Perecer, pereceremos velis nolis y, a tales efectos, tanto da, lo uno o lo otro. La finitud pugna en el bando de la necesidad. Se trataría de darle significado a algo que no lo tiene desde el punto de vista hedonista-utilitario, pero sin narcotizarse a base de vergonzantes autoengaños ansiolíticos.
 
La batalla del final de los tiempos

En medio de la derrota y la destrucción, con hordas de humanes avanzando hacia Berlín, un grupo de soldados "inhumanos" (=mortales) deciden resistir. No para “vencer”, saben que el final está cerca, sino simplemente porque han decidido cumplir con su deber. Esto es, y a ello me refiero, cuando hablo de "lo más alto" en todas las esferas de la vida; y es también aquéllo que representa, en mi sentir, la verdadera “Alemania”. Si el nazismo tuvo algún valor, fue sólo éste, que, creo, casi ningún “nazi” de época o actual aceptaría (calificaría estas ideas de "nihilismo"). Pero Prusia se alzaba ahí majestuosa como realidad histórica objetivada. No estamos hablando de una raza, sino de unos valores institucionalizados, algo que Hegel identifica en su magna obra como  "espíritu objetivo". Y la mayoría de los soldados alemanes -sobre todo los oficiales prusianos, los celebérrimos miembros del Offizierkorps- actuaban de una determinada manera porque tales pautas de conducta formaban parte de lo más íntimo de sus vidas en todas las esferas de actividad. Incluso un feroz antiautoritario, el anarquista Bakunin, tiene que reconocerlo en su obra "Estatismo y anarquía" (1873): "los alemanes son un pueblo serio y trabajador, tienen educación, son ordenados, exactos, económicos, lo que no les impide, cuando es necesario, y sobre todo cuando son los superiores los que lo exigen, luchar excelentemente. Lo han probado las últimas guerras. Además, su organización militar y administrativa ha sido llevada al último grado de perfección, un grado que ningún otro pueblo podrá nunca alcanzar (p. 80) (...) los oficiales alemanes sobrepasan a todos los oficiales del mundo por la profundidad y la amplitud de los conocimientos, por los conocimientos teóricos y prácticos de la ciencia militar, por la abnegación ardiente a toda prueba y completamente pedante en la profesión militar, por la regularidad, la puntualidad, la maestría, la paciencia obstinada y también una honestidad relativa" (p. 113). !El ideólogo de los okupas admitiendo la honestidad de quienes encarnarían a sus -no lo dudemos- más incondicionales adversarios!

 
Añádasele ahora la victoria, la salvación, las mieles del triunfo, etc. ¿Una Alemania opulenta? ¿Cuánto hubiera tardado en reproducir la recurrente "mermelada asquerosa" (Sartre) de los valores hedonistas? El "fascismo" es el desprecio. "Paraíso", "felicidad" o "vida eterna", de un lado, y "ética", de otro, se excluyen. Kant nos lo enseñó, aunque ni siquiera él fuera totalmente coherente con su descubrimiento. Si "eso" cristiano-platónico "existiera" dondequiera que no fuese en el delirio místico o los estados estupefacientes químicamente inducidos, todo resultaría más “agradable”, pero ¿en qué "utopía" hallar entonces un lugar para la decencia? El acto ético se realiza a cambio de nada: ni salvación, ni victoria, ni compensación alguna le dan "sentido". Él es el sentido. Sólo por deber, sólo por la verdad: equivale a la más absoluta desnudez y pobreza. La ética constituye un fin en sí mismo. No existe un valor más allá de su ejercicio en medio del dolor, del barro, de los ataques del enemigo, de las difamaciones, de las amenazas terroristas (o ultras), de las persecuciones judiciales... !Ojo! !Que no hablo, o no sólo, de frentes militares, mucho menos de estéticas marciales! La vida misma -lo cotidiano, el trabajo, las relaciones sociales- es una lucha por la verdad contra los humanes y sus imposturas. Tanto más lo será cuando la pólémica afecte a la política. Y no digo que no podamos vencer, desde luego que debemos intentarlo con todas nuestras fuerzas, pero incluso el imperio romano cayó y hay que luchar siempre haciendo abstracción de la victoria y la derrota, porque el "fracaso", aunque se hiciera esperar siglos, antes o después tendría que llegar. Nosotros, empero, estamos ya de vuelta. Si el "éxito" fuese el único motivo para batirse, más valdría deponer las armas y dedicarse a la jardinería. El “fascismo”, e insisto, no me refiero aquí tampoco únicamente a lo político (o a lo militar), sino a aquéllo que vengo explicado en los posts que preceden a éste desde el año 2007, sólo existe en la lucha, en la dignidad del diario combate donde los mortales levantan la bandera de la verdad y son atacados por bandadas de "humanes" enloquecidos de odio, aterrorizados frente a esa muerte que no comprenden -y, sobre todo, que no quieren comprender- a la caza de un chivo expiatorio, el "fascista" (o el "judío", tanto da). Pero con la victoria termina también la lucha y comienza, casi siempre, la decadencia. El escenario debe ser, por tanto, de forma necesaria, la tempestad: 
“todo lo grande surge en medio de la tempestad…”
(Martin Heidegger)
Y quien así actuare, ése sí merecería la compensación, la vida eterna. La merecería, pero únicamente eso. Ha de perecer para que el ser (das Sein) brille sólo un instante, como una estrella lejana, en medio de los fragores y de la destrucción. Todos los "valores" de la cultura hedonista: el "amor", la "felicidad", "dios", etc., devienen baratijas que, una vez conocidas, redúcense de tamaño hasta convertirse en el equivalente a un fraude existencial. Estamos solos. Pero siempre queda la camaradería del frente nacional-revolucionario, la única relación humana auténtica, que emana de una verdad trágica compartida. Nuestros antecesores europeos tuvieron que contar con los cristianos (había muchos en Alemania, como en todos sitios, porque la "promesa" paulina de salvación siempre "vende"); cometieron el error de pactar con la derecha sociológica; mas no sólo prostituyeron así el fascismo originario de 1919 y transmutáronlo en una nueva versión del "pueblo elegido", sino que nos montaron un holocausto contra los "asesinos de Cristo", cuando el mayor mérito de los judíos -por no hablar del propio reo- fue, precisamente, haber crucificado a Cristo.
“El héroe es aquél que osa ser, el que se atreve con la verdad y la experimenta en la forma de la ruina, la oscuridad y la muerte.”
(Felipe Martínez Marzoa)
Cabe eludir este ocaso; si quieres, no te lo reprocharé. Pero también podemos asumir el destino de los mortales. Senderos de gloria. Que ni el frente de lucha depende de nosotros, simples soldados que no aspiramos a la vida eterna (siendo así que nuestro "yo", nuestra "alma", a diferencia de los cristianos, nos importa poco), ni tampoco el momento en que las oleadas de carros enemigos despunten en el horizonte.
Yo no quiero engañar a nadie. Ésta es mi única virtud. Si a pesar de todo podemos reír, entonces aquella postrera sonrisa será la verdaderamente “humana”.
Viele Grüssen!!!
Jaume